10 de octubre · Día Mundial de la Salud Mental
Una reflexión publicada originalmente con motivo del Día Mundial de la Salud Mental y revisada en octubre de 2026, a la luz de nuevas experiencias, aprendizajes y perspectivas sobre el bienestar emocional.
Hay una expresión valenciana que siempre me ha parecido extraordinaria por su sencillez y por la profundidad de lo que encierra: «Pensat i fet». Pensado y hecho. Dos palabras que describen la capacidad humana de transformar una idea en una acción, de dar forma a nuestras intenciones y de intervenir conscientemente en la construcción de nuestra propia vida.
Durante años he reflexionado sobre la distancia que, en ocasiones, se establece entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que finalmente hacemos. Una distancia que puede resultar especialmente incómoda cuando nuestras decisiones dejan de responder a nuestras necesidades y comienzan a estar condicionadas por el miedo, las expectativas ajenas o la dificultad para afrontar determinadas situaciones.
No siempre somos conscientes de ese alejamiento. A veces seguimos cumpliendo nuestras obligaciones, atendiendo a quienes nos rodean y desempeñando nuestros papeles cotidianos mientras, silenciosamente, vamos perdiendo contacto con algunas de nuestras referencias personales.
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, me gustaría recuperar esta reflexión y ampliarla desde una mirada que considero fundamental: la relación entre nuestra identidad, la calidad de nuestros vínculos afectivos y la capacidad de participar activamente en nuestra propia vida.
Cuando el pensamiento y la acción dejan de encontrarse
Nuestra mente es un espacio extraordinariamente activo. Pensamos, recordamos, anticipamos, imaginamos conversaciones, revisamos decisiones y ensayamos respuestas ante situaciones que todavía no han ocurrido. Ese diálogo interior forma parte de nuestra actividad mental cotidiana y cumple funciones importantes en la organización de la experiencia.
Sin embargo, hay momentos en los que el pensamiento deja de ayudarnos a comprender o resolver lo que sucede y comienza a girar alrededor de los mismos asuntos. Conversaciones pendientes, decisiones aplazadas, conflictos que no sabemos cómo abordar o preocupaciones sobre acontecimientos que escapan a nuestro control pueden ocupar una parte considerable de nuestra atención.
Es lo que habitualmente conocemos como rumiación: una forma repetitiva de pensamiento que, lejos de facilitar siempre una solución, puede contribuir a mantener el malestar emocional.
No todas las preocupaciones necesitan convertirse inmediatamente en acciones. A veces necesitamos tiempo para comprender lo que sentimos, aceptar una situación o reconocer que todavía no estamos preparados para tomar una decisión. Pero cuando el aplazamiento se convierte en una forma habitual de evitar la realidad, podemos terminar experimentando una creciente sensación de impotencia.
Aquí es donde encuentro especialmente valioso el sentido de «Pensat i fet». No como una invitación a actuar impulsivamente, sino como una propuesta de coherencia: aprender a reconocer cuándo necesitamos reflexionar, cuándo conviene esperar y cuándo ha llegado el momento de transformar nuestras conclusiones en decisiones concretas.
Porque pensar también debería ayudarnos a vivir.
La pérdida de nuestras referencias personales
El estado de nuestros vínculos afectivos, la manera en que cuidamos la memoria compartida con aquellas personas a las que un día abrimos nuestro corazón y, especialmente, la relación que mantenemos con nosotros mismos, forman parte de los pilares sobre los que construimos nuestro bienestar emocional.
A lo largo de la vida podemos ir perdiendo algunas de nuestras referencias personales sin apenas advertirlo. Sucede cuando dejamos de escuchar nuestras necesidades, cuando confundimos las expectativas ajenas con nuestros propios deseos o cuando nos acostumbramos tanto a desempeñar determinados papeles que terminamos olvidando quiénes somos fuera de ellos.
No siempre se trata de grandes acontecimientos. A veces, una comparación aparentemente inocente basta para cuestionar nuestra imagen, nuestro valor o nuestra manera de estar en el mundo. Otras veces es la necesidad de agradar, de pertenecer o de evitar el conflicto la que nos lleva a modificar nuestra conducta hasta alejarnos de lo que verdaderamente pensamos y sentimos.
Y así, poco a poco, podemos llegar a mirarnos en el espejo sin reconocernos del todo. No porque hayamos perdido nuestra identidad, sino porque hemos acumulado tantas exigencias, juicios y expectativas que resulta difícil distinguir lo propio de lo aprendido, lo elegido de lo impuesto.
En Método Cronos concedemos especial importancia a la observación de estos procesos y a la recuperación de las referencias personales que nos permiten reconocer nuestra posición en cada etapa de la vida. No se trata de regresar a una supuesta identidad original, inmutable y ajena a toda influencia, sino de comprender cómo hemos llegado a ser quienes somos y qué aspectos de nuestra manera de vivir necesitamos revisar.
Nuestra identidad se construye en relación con el mundo. Precisamente por eso, aprender a distinguir entre lo que recibimos del exterior y aquello que decidimos integrar conscientemente constituye una parte importante del autoconocimiento.
La salud mental es mucho más que nuestros conflictos personales
Durante mucho tiempo he utilizado la expresión «escuchar nuestras voces interiores» para referirme a ese conjunto de pensamientos, recuerdos, mandatos familiares y conversaciones interiorizadas que acompañan nuestra vida cotidiana.
Todos conservamos, de alguna manera, las palabras de quienes han sido importantes para nosotros. La voz de una madre, una advertencia paterna, una crítica recibida durante la infancia o una frase pronunciada por alguien significativo pueden reaparecer en nuestro pensamiento muchos años después. Son experiencias que forman parte de nuestra memoria y que, en ocasiones, influyen en la manera en que nos valoramos y tomamos decisiones.
Conviene, sin embargo, distinguir este diálogo interior de las experiencias clínicas de escuchar voces que otras personas no perciben. Estas últimas pueden presentarse en circunstancias muy diversas y requieren una valoración adecuada cuando generan malestar, interfieren en la vida cotidiana o aparecen junto a otros síntomas. No pueden explicarse simplemente como pensamientos reprimidos, tareas pendientes o conflictos afectivos sin resolver.
La salud mental es una realidad compleja en la que intervienen factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales. Existen trastornos que aparecen incluso en personas con vínculos afectivos saludables, buenos recursos emocionales y una vida organizada. Del mismo modo, atravesar una crisis personal, experimentar ansiedad ocasional o sentirse desorientado durante una transición vital no implica necesariamente padecer un trastorno mental.
Reconocer esta complejidad no resta importancia al trabajo personal. Al contrario, nos ayuda a situarlo en el lugar que le corresponde, sin convertir el sufrimiento en una prueba de debilidad, inmadurez o falta de voluntad.
Los vínculos afectivos y la memoria compartida
Una parte importante de nuestra identidad se desarrolla dentro de los vínculos que establecemos con otras personas. La familia, las amistades, las relaciones de pareja y los espacios de convivencia nos ofrecen experiencias a través de las cuales aprendemos a reconocernos, expresar nuestras necesidades y participar en la vida colectiva.
Cuando estos vínculos se deterioran, especialmente si han sido significativos durante muchos años, podemos experimentar sentimientos de pérdida, soledad, inseguridad o desorientación. No solamente echamos de menos a una persona o una relación; en ocasiones también necesitamos reorganizar la imagen que teníamos de nosotros mismos dentro de ese vínculo.
La memoria compartida desempeña aquí una función especialmente interesante. Las experiencias vividas con otras personas forman parte de nuestra historia, pero conservar esa memoria no significa permanecer ligados indefinidamente a relaciones que han dejado de ser saludables. A veces cuidar nuestra historia consiste en reconocer lo que una relación nos aportó, aceptar lo que ya no puede ofrecernos y permitir que ocupe un lugar diferente en nuestra vida.
Desde esta perspectiva, los límites personales no son una amenaza para el afecto. Son una condición importante para que las relaciones puedan desarrollarse desde el respeto, la reciprocidad y la autonomía.
Aprender a vincularnos sin perdernos en el otro es también una forma de cuidar nuestra salud emocional.
La infancia: aprender a sentir, pensar y actuar
Si queremos hablar de prevención y bienestar emocional, debemos prestar especial atención a las experiencias de aprendizaje durante la infancia.
Los niños necesitan crecer en entornos donde encuentren seguridad, afecto, límites comprensibles y oportunidades progresivas para desarrollar su autonomía. Necesitan adultos capaces de escuchar sus emociones sin convertirlas en el centro absoluto de la vida familiar, acompañar sus dificultades sin resolverlas sistemáticamente por ellos y ofrecerles responsabilidades ajustadas a su edad.
No se trata de garantizar una infancia sin frustraciones. Se trata de proporcionar experiencias suficientemente seguras desde las que puedan aprender a afrontar esas frustraciones y desarrollar recursos propios.
La calidad de los vínculos con las figuras de cuidado constituye un factor protector importante, aunque no garantiza por sí sola la ausencia de dificultades psicológicas futuras. Tampoco esta responsabilidad debe recaer exclusivamente sobre la madre. Padres, familiares, educadores y otras figuras significativas participan, de distintas maneras, en la construcción de ese entorno.
Durante la preadolescencia y la adolescencia, cuando la identidad comienza a reorganizarse y adquieren mayor importancia las relaciones fuera de la familia, resulta especialmente valioso mantener espacios de comunicación y confianza. Los jóvenes necesitan comprobar que pueden expresar sus dudas, discrepancias y dificultades sin que cada conversación se convierta en un juicio sobre su conducta.
En este sentido, siempre he considerado útiles actividades como la lectura, la escritura personal, el teatro, la danza o cualquier otra forma de expresión que permita explorar pensamientos, emociones y experiencias. Llevar un diario, por ejemplo, puede ayudar a algunos niños y adolescentes a organizar lo que viven y encontrar palabras para aquello que todavía les cuesta comunicar.
Son recursos educativos valiosos, aunque no sustituyen la atención especializada cuando existe un problema de salud mental.
La responsabilidad personal sin convertirla en culpa
Otro aspecto que considero importante recuperar es el valor de la responsabilidad personal.
Aprender a cumplir compromisos, organizar el tiempo, afrontar tareas y reconocer las consecuencias de nuestras decisiones contribuye al desarrollo de la autonomía y de la confianza en nuestras propias capacidades.
Pero aquí conviene introducir un matiz fundamental: no siempre dejamos de actuar porque nos falte voluntad; a veces nos resulta difícil actuar precisamente porque estamos atravesando un problema que limita nuestros recursos.
La depresión, la ansiedad intensa, las dificultades de atención, determinados procesos traumáticos y otros problemas de salud pueden afectar significativamente a la iniciativa, la concentración y la capacidad de realizar actividades cotidianas. Interpretar estas dificultades exclusivamente como falta de disciplina puede aumentar la culpa y retrasar la búsqueda de ayuda.
La responsabilidad personal necesita ir acompañada de comprensión, recursos y expectativas realistas. No consiste en exigirnos permanentemente más, sino en aprender a reconocer qué podemos hacer, qué necesitamos modificar y cuándo debemos apoyarnos en otras personas.
A veces avanzar significa tomar una decisión pendiente. Otras veces significa descansar, reconocer nuestros límites o aceptar que necesitamos tratamiento y acompañamiento profesional.
La coherencia también consiste en saber distinguir unas situaciones de otras.
Valores humanos para una vida con sentido
Hay una dimensión de la educación y del desarrollo personal que considero especialmente importante: la construcción de un sistema de valores desde el que orientar nuestras decisiones.
La honestidad, el compromiso, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad y la capacidad de cooperación ofrecen referencias para participar en la vida colectiva sin perder nuestra individualidad.
También necesitamos cultivar la esperanza, entendida no como la expectativa ingenua de que todo saldrá bien, sino como la disposición a reconocer posibilidades incluso en circunstancias difíciles.
Los valores no necesitan estar vinculados a una tradición religiosa determinada para aportar sentido a nuestra existencia. Pueden construirse a través de la experiencia, la reflexión, la convivencia y el reconocimiento de nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos y hacia los demás.
Y, sobre todo, necesitan encontrar expresión en nuestra conducta. Porque una cosa es conocer intelectualmente el valor del respeto y otra muy distinta aprender a practicarlo cuando aparecen el desacuerdo, la frustración o el conflicto.
Quizá por eso sigo encontrando tanta sabiduría en aquellas dos palabras valencianas: «Pensat i fet». No basta con comprender lo que consideramos importante. También necesitamos encontrar maneras de incorporarlo a nuestra vida cotidiana.
Cuidar la salud mental también es aprender a vivir en coherencia
La salud mental no consiste en estar siempre bien, mantener una actitud positiva ante cualquier circunstancia o conseguir que pensamiento, emoción y conducta permanezcan constantemente alineados. La contradicción, la incertidumbre y el conflicto también forman parte de la experiencia humana.
Cuidarla implica disponer de recursos para atravesar esas experiencias, mantener relaciones suficientemente saludables, participar en nuestra comunidad y pedir ayuda cuando las dificultades superan nuestra capacidad de respuesta.
Desde el trabajo de autoconocimiento que desarrollamos en Método Cronos, me interesa especialmente ese territorio cotidiano en el que podemos aprender a observar nuestros hábitos, revisar nuestras relaciones, reconocer nuestras necesidades y recuperar capacidad de decisión.
No podemos controlar todo lo que nos sucede, ni todas las circunstancias que influyen en nuestra salud. Pero sí podemos desarrollar una relación más consciente con nuestra experiencia y aprender a distinguir entre aquello que necesitamos aceptar y aquello sobre lo que todavía
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