Hay promesas que hacemos para conseguir algo. Y hay otras que nacen cuando una parte de nuestra vida se derrumba y comprendemos que ya no podemos seguir viviendo de la misma manera.
Hace muchos años, justo al cumplir los 33, una crisis existencial vino a poner patas arriba todo lo que hasta entonces había sido mi vida. Recuerdo aquel tiempo como un periodo de oscuridad y desolación, pero también como el comienzo de algo que tardaría años en comprender del todo. Primero llegó la aceptación. Después, una promesa.
No volvería a traicionar mis sentimientos.
Desde entonces ha llovido mucho. He cambiado yo y ha cambiado mi manera de comprender muchas de las cosas que entonces apenas empezaba a intuir. Pero hay algo curioso: cada otoño vuelve a aparecer en mí la necesidad de renovar aquel compromiso. Quizá tenga que ver con que el clic-clac de aquella crisis comenzó precisamente a finales de septiembre. La memoria tiene sus propias formas de devolvernos a determinados lugares de nuestra historia. Para mí, el otoño quedó unido para siempre a aquel momento en que una vida terminaba sin que yo supiera todavía qué forma tendría la siguiente.
I promise myself
Con los años, renovar aquel contrato con la vida se ha vuelto mucho más sencillo. Ya no necesito llegar a una gran crisis para preguntarme si la vida que estoy viviendo se parece a la vida que quiero habitar. La pregunta aparece ahora en situaciones mucho más pequeñas: mientras cocino, camino, trabajo, escribo, converso con alguien o simplemente atravieso uno de esos días aparentemente insignificantes de los que, al final, está hecha casi toda una existencia.
¿Estoy disfrutando de esto?
No me refiero a estar permanentemente feliz. Tampoco a convertir cada obligación en una experiencia maravillosa. Hay momentos difíciles, trabajos que cuestan, pérdidas, cansancio y etapas en las que disfrutar parece quedar muy lejos. Me refiero a algo más profundo: reconocer si sigo presente en aquello que hago o si llevo demasiado tiempo viviendo separada de mí misma.
Porque una cosa es atravesar una etapa difícil y otra acostumbrarnos de tal manera al malestar que terminemos considerándolo nuestra forma natural de estar en el mundo. Ahí el gozo adquiere para mí otro significado.
El gozo no es estar siempre feliz
Durante mucho tiempo hemos asociado disfrutar con determinadas experiencias: vacaciones, celebraciones, viajes, compras, comida, sexo, ocio. Son formas legítimas de placer, pero el gozo del que hablo no depende exclusivamente de ellas.
Con los años he observado algo aparentemente paradójico: cuanto más disfruto de la vida cotidiana, menos necesito que algo extraordinario venga a rescatarme de ella. Una comida sencilla puede ser suficiente. Un paseo, una conversación, escribir durante una mañana en silencio. No porque una tenga que conformarse con poco, sino porque deja de necesitar continuamente algo extraordinario para sentir que está viva.
Quizá por eso sigo encontrando tan hermosa la palabra gozar. Contiene placer, sí, pero también presencia. Para gozar de algo tengo que estar allí, poder sentirlo mientras sucede. Y cuando esa capacidad desaparece durante demasiado tiempo, quizá merezca la pena escuchar qué está ocurriendo.
Cuando dejamos de disfrutar de nuestra propia vida
Después de aquella crisis de los 33 años cambiaron muchas cosas. Algunos valores que hasta entonces habían funcionado como metas dejaron de ser un fin en sí mismos y empezaron a convertirse en medios. Trabajar, conseguir, responder, cumplir, ser reconocida, hacer lo correcto… podían seguir teniendo un lugar, pero dejaron de justificar por sí solos una existencia.
Esta es también una de las razones por las que el Método Cronos mantiene cierta distancia frente a las fórmulas de bienestar que se ocupan de cómo nos sentimos sin preguntarse también por la vida que estamos viviendo.
No se trata de elegir entre cuerpo y experiencia. La bioquímica importa. El descanso, la alimentación, la luz, el movimiento y nuestros ritmos cotidianos importan. Y también importan nuestros vínculos, el trabajo que realizamos, la relación con nuestro cuerpo, aquello que callamos y la distancia que puede haberse abierto entre quienes somos y la vida que sostenemos.
Una cosa no excluye a la otra. A veces necesitamos atender lo que ocurre en el organismo. Otras veces necesitamos preguntarnos qué está ocurriendo en nuestra vida. Y muchas veces ambas miradas tienen que convivir.
Otoño: renovar el contrato con la vida
Tal vez por eso el otoño sigue teniendo para mí ese significado. No lo vivo como una llamada a reinventarme ni como una nueva temporada para establecer objetivos. Lo siento más bien como un momento de revisión íntima. La luz cambia, el verano se retira, regresan determinados ritmos y yo vuelvo a encontrarme con aquella promesa que hice hace tantos años.
No traicionarme.
Eso no significa obedecer cada emoción ni convertir lo que siento en una verdad absoluta. Los sentimientos también necesitan ser comprendidos, contextualizados y, algunas veces, atravesados. Pero sí significa no vivir durante años haciendo como si aquello que siento no existiera. Hay una diferencia enorme.
A veces llegamos a una crisis después de haber sostenido durante demasiado tiempo una distancia difícil con nuestra propia vida. Otras veces una crisis llega por circunstancias que no hemos elegido. En ambos casos puede obligarnos a mirar algo que hasta entonces no habíamos podido o querido ver. No siempre necesitamos esperar a que algo se rompa para hacerlo; quizá podamos detenernos antes.
Recuperar el gozo
Hoy entiendo el gozo de una manera mucho menos espectacular que a los 33 años. No es euforia, ni optimismo permanente, ni conseguir que cada día sea extraordinario. Es poder habitar la propia vida.
Sentir que, incluso en medio de las responsabilidades, sigue existiendo algún lugar desde el que una puede reconocerse. Que no todo se ha convertido en obligación, rendimiento o respuesta a las necesidades de los demás.
Con los años he comprendido que gozo y presencia están mucho más cerca de lo que imaginaba. No se trata tanto de conseguir una vida que nos haga felices como de no desaparecer de la vida que estamos viviendo. Desde un lugar más íntimo y personal escribí sobre esa forma de estar en Tu presencia calma mi alma, en A Conscious Life.
Esto resulta especialmente importante en determinadas etapas de la vida adulta. Durante años podemos ocuparnos de los hijos, la pareja, el trabajo, nuestros padres, la casa y todas esas pequeñas necesidades que nunca parecen terminar. Poco a poco, casi sin advertirlo, una mujer puede volverse extraordinariamente competente para sostener la vida de los demás y perder contacto con aquello que daba sentido a la suya.
Entonces recuperar el gozo no consiste necesariamente en añadir más cosas. A veces consiste en volver a estar presente en las que ya existen y reconocer cuáles han dejado de pertenecernos.
Aquella mujer de 33 años necesitó una crisis para comprenderlo. Yo ya no necesito llegar hasta allí cada otoño. Me basta con recordar la promesa y mirar cómo estoy viviendo: escuchar qué se ha quedado sin alegría, qué necesita cambiar y qué continúa haciendo que algo dentro de mí diga sí.
Porque quizá el gozo no sea la recompensa que recibimos cuando por fin conseguimos ordenar nuestra vida, sino una de las maneras más íntimas que tenemos de saber que todavía estamos dentro de ella.
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