AQUÍ, TE ESCUCHO…
Un agotamiento que no hace ruido
Durante mucho tiempo pensé que el cansancio era una etapa. Algo que se atravesaba y ya. No llegó como una caída brusca, sino como una bajada lenta de volumen: menos ganas, menos paciencia, menos palabras. Cuando quise darme cuenta, vivía en un modo reducido, como si la vida estuviera siempre en segundo plano.
Tengo cincuenta y dos años. Mi hija tiene diecinueve. Vive conmigo, pero a menudo siento que circulamos por la casa como si compartiéramos un pasillo largo y estrecho, saludándonos de paso. Habla más con sus amigas que conmigo. A veces se encierra en su cuarto y yo agradezco el silencio, aunque luego me incomode admitirlo.
Presencia física, ausencia cotidiana
No hubo una pelea clara, ni un quiebre reconocible. Solo una acumulación. Yo llegaba cansada. Ella pedía algo, una opinión, una presencia, una conversación que no supe sostener, y yo respondía desde la fatiga. Siempre un poco tarde, siempre un poco corta. Aprendió rápido a no insistir.
Durante años cumplí. Horarios, tareas, lo necesario. Pero estar no es solo eso. Hay una forma de ausencia que no se nota desde afuera. Yo estaba ahí, pero no disponible. Mi cuerpo iba por delante, defendiendo algo que no sabía nombrar. Todo se sentía urgente, incluso lo que no lo era.
Una escena mínima que se queda
Recuerdo una tarde cualquiera. Ella hablaba de una decisión importante, algo relacionado con sus estudios. Yo asentía mientras pensaba en otra cosa. En un momento se detuvo y me miró.
—Da igual, dijo. Luego lo veo con alguien.
No sonó a reproche. Fue más bien una constatación. Esa frase se quedó conmigo más tiempo del que hubiera querido.
Exigirse más no siempre acerca
Durante mucho tiempo creí que el problema era mío por no “hacerlo mejor”. Me exigí más presencia, más escucha, más disponibilidad. No funcionó. Cuanto más me forzaba, más rígida me volvía. Como si algo en mí solo supiera responder tensándose.
Empecé a observarme con más honestidad. No para corregirme, sino para entender. Me di cuenta de que llevaba años funcionando en un estado de alerta constante, incluso en los momentos tranquilos. El descanso no me descansaba. El silencio no me calmaba. Todo parecía requerir un esfuerzo extra.
Pequeños gestos, sin épica
No cambié de un día para otro. No hubo decisiones grandes. Solo gestos pequeños: sentarme sin hacer nada unos minutos, respirar sin objetivo, dejar una conversación abierta sin cerrarla bien. Permitirme no estar resolviendo.
Con el tiempo, algo se acomodó. No desapareció el cansancio, pero dejó de ocuparlo todo. Empecé a notar cuándo me tensaba sin necesidad. A veces lograba soltar. Otras no. Pero ya no pasaba desapercibido.
Una cena cualquiera
Una noche, mientras cenábamos, mi hija empezó a contarme algo trivial. Yo la escuché sin interrumpir, sin apurar el final. La historia no era importante. Lo importante fue que no miró el reloj. Cuando terminó, se quedó sentada. Como esperando. No dijo nada más, pero tampoco se levantó enseguida.
Un vínculo que respira, sin garantías
Desde entonces hay días mejores y días iguales. No idealizo el vínculo. A veces hablamos poco. A veces discutimos. Pero ya no siento esa distancia muda que lo cubría todo. Hay momentos breves de contacto real, de esos que no se fuerzan.
No sé en qué se convertirá nuestra relación. Tampoco sé si estoy “a tiempo” de algo. He dejado de pensarlo así. Estoy acá, lo más presente que puedo, con un cuerpo que todavía aprende a no defenderse de todo.
La casa sigue siendo la misma. Yo también. Pero algo en el modo de habitar cambió. Y eso, por ahora, es suficiente para no cerrar esta historia.