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Dos pequeñas sillas infantiles de madera, distintas y próximas entre sí, en un patio de piedra de tonos apagados.

Vínculo materno: ¿qué pasa con las necesidades de los niños? Escuela de padres I

Contenido del post

Escuela de padres · Método Cronos®

Escuela de padres es una serie de siete reflexiones sobre la infancia, la educación y los vínculos familiares, nacidas de mi experiencia personal y de los años de observación y acompañamiento a familias desde el Método Cronos®. Una invitación a revisar cómo crecemos junto a nuestros hijos, qué necesidades aparecen en cada etapa y de qué manera podemos acompañarlos hacia una autonomía cada vez mayor.

Estás leyendo la entrega I de VII.

 

¿Qué significa realmente tener presente a un hijo? No me refiero únicamente a saber dónde está, qué ha comido, a qué hora sale del colegio o si ha terminado sus deberes. Me refiero a algo que considero mucho más profundo: mantener una conciencia activa de su existencia, de sus necesidades y del momento vital que está atravesando.

Tener presentes a nuestros hijos

Cuando nace un hijo, comienza una relación que irá transformándose a lo largo de toda la vida. Durante los primeros años, su bienestar depende en gran medida de la capacidad de los adultos para reconocer y atender unas necesidades que todavía no puede identificar ni satisfacer por sí mismo. Poco a poco aprenderá a expresarlas, a comprenderlas y a desarrollar los recursos necesarios para hacerse cargo de ellas. Desde mi experiencia como madre y en el acompañamiento a familias, he llegado a considerar que una de las funciones esenciales del vínculo materno consiste precisamente en eso: tener presente al hijo mientras aprende a estar presente para sí mismo.

Es una tarea que comienza mucho antes de que el niño pueda comprenderla y que no termina de un día para otro. Se transforma con cada etapa, con cada nueva capacidad adquirida y con cada pequeño movimiento hacia la autonomía. Porque tener presente a un hijo no significa pensar constantemente en él, anticipar todos sus problemas o impedirle experimentar dificultades. Significa reconocer que sus necesidades cambian mientras crece y que nuestra manera de acompañarlo también debe hacerlo.

El vínculo materno-filial y las necesidades de cada etapa

Durante los primeros años de vida, el vínculo materno suele ocupar un lugar central en la organización emocional del niño, aunque no es el único vínculo capaz de proporcionarle seguridad. El padre y otras personas que participan de manera estable en su crianza también contribuyen a construir esa experiencia de protección y pertenencia. Me interesa especialmente observar cómo se mantiene vivo ese vínculo en la vida cotidiana, porque no basta con saber que tenemos un hijo. Necesitamos conocerlo, reconocer sus necesidades y revisar periódicamente si nuestra manera de acompañarlo sigue respondiendo a la etapa que está viviendo.

Un bebé necesita una presencia muy diferente de la que necesita un niño que comienza primaria. Y este, a su vez, necesita algo distinto de lo que reclamará un adolescente que empieza a construir su propia identidad. En el Método Cronos® concedemos especial importancia a la organización de las necesidades físico-emocionales durante estas transiciones. El descanso, la alimentación, la higiene, el movimiento, las relaciones y los ritmos de actividad forman parte de una misma experiencia cotidiana que conviene observar en conjunto.

Dormir suficientemente, disponer de una alimentación adecuada, contar con tiempos de juego y descanso, sentirse escuchado y encontrar cierta continuidad en las rutinas son necesidades que participan en el bienestar infantil. También lo es poder expresar emociones sin que estas se conviertan automáticamente en un problema que los adultos deban corregir. En mi experiencia, cuando un niño comienza a mostrar dificultades escolares, cambios de comportamiento o un malestar que se repite, resulta útil ampliar la observación hacia su vida cotidiana. No porque todos esos problemas tengan un origen emocional, sino porque el ambiente en el que vive puede influir en la manera en que los experimenta y afronta.

A veces, antes de preguntarnos qué le pasa a un niño, conviene preguntarnos qué está viviendo.

Cuidar el ambiente del hogar

El ambiente familiar es uno de los espacios donde los niños comienzan a construir su percepción del mundo. A través de la convivencia aprenden a reconocer emociones, interpretar gestos, expresar necesidades y relacionarse con otras personas. Y no lo hacen únicamente a partir de lo que les decimos. También observan cómo vivimos los adultos, cómo afrontamos las dificultades y de qué manera nos tratamos cuando las cosas no suceden como esperábamos.

Hay algo que he observado repetidamente en las familias que he acompañado: cuando los adultos están atravesando un periodo de especial preocupación, exigencia o conflicto, pueden perder temporalmente la capacidad de reconocer algunas necesidades de sus hijos. No necesariamente porque hayan dejado de prestarles atención, sino porque su propia vida está reclamando buena parte de sus recursos. En ocasiones, el niño responde a esa situación buscando mayor proximidad, mostrando irritabilidad o reclamando una atención que antes parecía no necesitar. Otras veces no sucede nada de esto. Cada niño tiene su manera de expresar lo que vive y no conviene interpretar cualquier dificultad como una llamada de atención.

Sin embargo, considero importante que los padres podamos revisar periódicamente nuestra disponibilidad emocional. Estar físicamente presentes no siempre significa estar disponibles para escuchar, comprender o acompañar. Y aquí aparece una cuestión que merece especial atención: nuestros miedos y expectativas pueden influir en la manera en que interpretamos las experiencias de nuestros hijos.

Si vivimos con temor su incorporación al colegio, quizá transmitamos parte de esa inquietud a través de nuestras palabras, de nuestro tono de voz o de la manera en que anticipamos las dificultades. Si confiamos en sus capacidades y acompañamos el cambio con serenidad, podemos contribuir a que lo afronte con mayor seguridad. Esto no significa que los hijos reproduzcan inevitablemente nuestros miedos ni que podamos garantizarles una vida sin dificultades. Significa que nuestra manera de estar en el mundo forma parte del ambiente emocional en el que están aprendiendo a vivir.

Acompañar sin sustituir: el camino hacia la autonomía

Cuando un niño es pequeño, sus necesidades suelen hacerse visibles con bastante claridad. Llora cuando tiene hambre, busca proximidad cuando necesita consuelo y reclama nuestra intervención cuando todavía no puede resolver una situación. Pero conforme crece, sus necesidades se vuelven más complejas y menos evidentes. Ya no siempre necesita que hagamos algo por él. A veces necesita que permanezcamos cerca mientras aprende a hacerlo por sí mismo.

La entrada en la escuela constituye uno de esos primeros grandes cambios. El niño comienza a desenvolverse durante varias horas en un ambiente donde sus padres no están presentes. Conoce otras figuras de autoridad, establece relaciones con sus compañeros y descubre que existen normas y formas de organización diferentes de las familiares. Cuando regresa a casa, necesita encontrar un espacio donde poder integrar lo vivido. Algunos niños desean contarlo todo inmediatamente; otros necesitan descansar, jugar o permanecer un rato en silencio antes de compartir sus experiencias. Lo importante es que sepan que seguimos disponibles.

Durante la pubertad y la adolescencia, esta necesidad de presencia vuelve a transformarse. Los hijos comienzan a reclamar mayor intimidad, a cuestionar nuestras decisiones y a buscar referencias fuera del entorno familiar. En ocasiones, los padres interpretamos estos movimientos como una pérdida de vínculo, cuando pueden formar parte de su desarrollo natural. El desafío consiste en aprender a acompañarlos sin invadirlos, ofrecer orientación sin decidir constantemente por ellos y aceptar que su manera de comprender la vida no tiene por qué coincidir con la nuestra.

El vínculo no desaparece cuando nuestros hijos adquieren autonomía, sino que cambia de forma. Y quizá una de las mayores responsabilidades de la maternidad y la paternidad sea reconocer cuándo debemos intervenir y cuándo necesitamos retirarnos un poco para permitir que aparezcan sus propios recursos.

La amistad, el compañerismo y la construcción de la autonomía

Hay una cuestión que siempre me ha interesado especialmente: la manera en que los niños comienzan a establecer amistades cuando se incorporan a nuevos ambientes, especialmente durante sus primeros años de escolarización. Si observamos un patio de colegio, veremos que los niños tienden a agruparse espontáneamente. Algunos se desenvuelven con facilidad, toman la iniciativa y encuentran rápidamente su lugar. Otros necesitan más tiempo, buscan referencias conocidas o se acercan a compañeros que les proporcionan una seguridad que todavía no han conseguido desarrollar por sí mismos.

Durante años he venido observando que la formación de determinadas amistades está relacionada con el grado de autonomía personal y con la capacidad de cada niño para integrarse en el entorno en el que se encuentra. Desde mi perspectiva, muchas de estas relaciones funcionan como pequeñas alianzas de complementariedad. Un niño encuentra en otro cualidades, recursos o capacidades que él todavía no ha desarrollado suficientemente. Puede tratarse de seguridad, iniciativa, facilidad para comunicarse, capacidad para relacionarse con el grupo o habilidad para desenvolverse en determinadas situaciones. Juntos parecen sentirse más fuertes y capaces de afrontar aquello que, individualmente, les resulta más difícil.

A veces pienso que estas relaciones se parecen a aquellos intercambios de cromos que hacíamos cuando éramos pequeños. Cada uno tenía una colección incompleta, algunos cromos repetidos y otros que deseaba conseguir. Y buscábamos a alguien con quien intercambiar aquello que teníamos por lo que nos faltaba. En las relaciones humanas he observado algo semejante. Con frecuencia nos sentimos atraídos por personas que poseen cualidades, dones o talentos que admiramos y que todavía no hemos desarrollado suficientemente en nosotros mismos. Uno parece ejercer una atracción especial sobre el otro, precisamente porque representa aquello que este necesita o desea desarrollar. Aunque la complementariedad puede funcionar en ambas direcciones, no siempre los dos ocupan el mismo lugar dentro de la relación.

Esta observación adquiere especial importancia durante la infancia, cuando la personalidad está en desarrollo y la capacidad para desenvolverse con autonomía todavía se está construyendo. En consulta he escuchado muchas veces la preocupación de madres cuyos hijos habían establecido una amistad con un compañero especialmente dominante, mandón o que parecía ejercer una influencia negativa sobre ellos. Niños que aceptaban decisiones que no deseaban, que se dejaban arrastrar por comportamientos ajenos o que parecían incapaces de separarse de una relación que les estaba generando dificultades.

En estas situaciones, además de observar el comportamiento del otro niño, me interesa comprender qué está encontrando nuestro hijo en esa amistad. ¿Qué le aporta ese compañero? ¿Qué cualidades reconoce en él? ¿Qué dificultades experimenta cuando tiene que desenvolverse sin su presencia? A veces descubrimos que el niño más dominante posee una iniciativa, una seguridad o una facilidad para integrarse en el grupo que el otro todavía no ha desarrollado. Su compañero se convierte entonces en una especie de referencia que le permite participar en un ambiente donde, por sí mismo, todavía no se siente suficientemente seguro.

Esto no significa que toda amistad desigual responda a esa dinámica ni que debamos justificar comportamientos manipuladores. Significa que, junto a la necesidad de establecer límites y proteger al niño cuando sea necesario, podemos ayudarle a reconocer y desarrollar los recursos que necesita para relacionarse con mayor libertad. Porque si únicamente apartamos a nuestro hijo de una amistad que nos preocupa, sin comprender qué función estaba cumpliendo esa relación, puede suceder que vuelva a establecer una dinámica semejante con otra persona.

He encontrado dinámicas parecidas en algunas de las primeras atracciones sentimentales que aparecen durante la infancia. Niños y niñas que, siendo todavía muy pequeños, sienten una necesidad intensa de vincularse con un compañero o compañera y comienzan a hablar de él o de ella como su pareja. En determinadas situaciones, al observar qué les atrae de esa persona, encuentro cualidades que ellos mismos todavía están aprendiendo a desarrollar: seguridad, iniciativa, facilidad para relacionarse o capacidad para desenvolverse en el grupo.

En mi experiencia de consulta, cuando las madres comprenden esta posible complementariedad y ayudan a sus hijos a fortalecer esos recursos personales, a veces la intensidad de la atracción disminuye de forma espontánea. La necesidad de ser «parejita» pierde importancia y la relación puede transformarse en una amistad o en un compañerismo más libre. No se trata de negar los sentimientos infantiles ni de interpretar cualquier enamoramiento como una dificultad. Se trata de observar si, detrás de una atracción especialmente intensa, existe también una necesidad de apoyo que el niño todavía no sabe proporcionarse a sí mismo. Lo que me interesa de estas experiencias es que, en ocasiones, al reforzar la autonomía personal cambia también la manera de relacionarse con los demás.

Aquí encuentro una diferencia importante entre amistad y compañerismo. El compañerismo permite compartir un espacio, una actividad o una responsabilidad. La amistad añade una dimensión afectiva que puede trascender ese ambiente, pero que no tiene por qué convertirse en una dependencia. Para mí, la base de una amistad sana está en la afinidad, en el placer de compartir tiempo, experiencias, intereses o aficiones y en la libertad de elegir la compañía del otro. Podemos disfrutar profundamente de una persona sin necesitarla para desenvolvernos en nuestra propia vida.

Durante la infancia, sin embargo, estas distinciones todavía se están aprendiendo. Los niños necesitan experimentar diferentes formas de relación, descubrir qué les gusta compartir, reconocer sus propios límites y desarrollar la capacidad de decir que no sin sentir que por ello perderán necesariamente el afecto de sus compañeros.

Una representación literaria extraordinaria de estas dinámicas aparece en La amiga estupenda, de Elena Ferrante. La relación entre Lila y Lenù muestra cómo dos niñas pueden convertirse en referencias fundamentales la una para la otra, precisamente porque cada una reconoce en su compañera cualidades que despiertan admiración, deseo de superación y, en ocasiones, rivalidad. Su amistad las impulsa y las condiciona, y a lo largo de los años ambas tienen que descubrir quiénes son más allá de la mirada de la otra.

Esta es una de las razones por las que considero importante observar las amistades infantiles sin idealizarlas ni demonizarlas. Una relación puede ser una extraordinaria oportunidad de aprendizaje y, al mismo tiempo, mostrar aspectos de la autonomía personal que todavía necesitan desarrollarse. No se trata de enseñar a nuestros hijos a prescindir de los amigos, sino de ayudarlos a reconocer la diferencia entre compartir la vida con alguien y necesitar su presencia para poder vivir la propia. Quizá madurar consista también en eso: descubrir que algunos de los cromos que buscábamos fuera podemos empezar a encontrarlos dentro de nosotros mismos.

La atención como una inversión en la vida de nuestros hijos

Hay una imagen que utilizaba cuando comencé a ordenar estas reflexiones y que todavía me resulta útil: imaginar la crianza como una libreta de ahorro en la que vamos depositando pequeñas cantidades de atención, presencia y cuidado. No se trata de acumular méritos como padres ni de esperar una recompensa futura. La imagen me ayuda a recordar que el vínculo se construye en la repetición de gestos cotidianos. Cada conversación, cada experiencia compartida, cada límite explicado con respeto y cada oportunidad que ofrecemos para aprender contribuyen a formar parte de la historia emocional del niño.

Pero también debemos aceptar que esa historia no nos pertenece por completo. Nuestros hijos no son una prolongación de nuestra identidad ni están destinados a realizar aquello que nosotros no conseguimos. Tienen su propio temperamento, sus capacidades, sus dificultades y una experiencia del mundo que irá diferenciándose progresivamente de la nuestra. Durante la infancia somos responsables de acompañar buena parte de su historia. Después, conforme adquieren madurez, serán ellos quienes comiencen a interpretarla, revisarla y decidir qué lugar quieren conceder a lo vivido.

Y esa transición no depende de que encuentren pareja ni de que abandonen el hogar familiar. Comienza mucho antes, cada vez que aprenden a reconocer una necesidad propia, tomar una decisión o comprender una experiencia desde su propia mirada. Una crianza suficientemente atenta no garantiza que nuestros hijos estén libres de conflictos, pero puede ofrecerles recursos importantes para afrontarlos.

Cuando el cuerpo también reclama atención

En nuestra experiencia de acompañamiento familiar hemos trabajado con padres cuyos hijos presentaban dificultades muy diversas: alteraciones del sueño, nerviosismo, miedos, problemas escolares y determinados malestares físicos. En estas situaciones, una de las primeras cuestiones que solemos revisar es la organización cotidiana de la familia y el lugar que ocupan las necesidades del niño dentro de esa rutina.

Esto no sustituye la valoración médica o psicológica cuando resulta necesaria. Los síntomas físicos pueden tener causas orgánicas y las dificultades escolares pueden responder a factores de aprendizaje, desarrollo o contexto educativo que requieren una atención específica. Pero observar el ambiente familiar puede aportar información complementaria y, en ocasiones, descubrir necesidades que habían pasado inadvertidas.

Recuerdo el caso de una madre que consultó preocupada porque su hijo de seis años llevaba varios días con estreñimiento. Era la primera vez que presentaba una dificultad de este tipo y coincidía con su incorporación al primer curso de primaria. Al revisar la situación, me llamó la atención que aquel cambio de etapa, aparentemente tan cotidiano, no había sido considerado en toda su dimensión. El niño comenzaba una nueva organización escolar, con mayores exigencias y responsabilidades, mientras sus padres todavía estaban ajustando sus propias expectativas respecto a ese momento.

Durante las conversaciones fueron apareciendo recuerdos y emociones relacionados con las experiencias escolares de ambos progenitores. Algunas eran agradables; otras estaban vinculadas a inquietudes que no habían reconocido hasta entonces. Desde la perspectiva del Método Cronos®, interpreté aquella coincidencia como una oportunidad para revisar cómo estaban acompañando la transición de su hijo.

El proceso se prolongó varias semanas. Durante ese tiempo, los padres fueron adquiriendo mayor claridad sobre la nueva etapa escolar y el niño recibió también medidas para aliviar el estreñimiento, incluidos ajustes alimentarios y supositorios de glicerina. Los síntomas aparecieron y desaparecieron en diferentes momentos hasta que finalmente se normalizó su ritmo intestinal.

Recuerdo especialmente que, en algunas ocasiones, la mejoría coincidía con conversaciones en las que la madre reconocía emociones que hasta entonces no había identificado. Aquella coincidencia me resultó significativa y contribuyó a desarrollar mi interés por la relación entre las transiciones vitales, el ambiente emocional y la experiencia corporal. No puedo afirmar que esas emociones fueran la causa del estreñimiento ni que su reconocimiento produjera directamente la mejoría. Pero sí puedo decir que aquella experiencia nos permitió observar la incorporación a primaria de una manera más amplia y acompañar a la familia durante un cambio que necesitaba ser reconocido.

A veces, el valor de una consulta no reside únicamente en encontrar una respuesta inmediata, sino en descubrir qué aspectos de la vida cotidiana merecen una atención que hasta entonces no les habíamos concedido.

Tú eres la luz que orienta su caminar

Para comprender el significado que atribuyo al acompañamiento durante la infancia, me gusta pensar en un niño como en una planta que comienza a crecer. Una planta necesita luz, agua, nutrientes y unas condiciones ambientales que permitan su desarrollo. Pero también posee una organización propia, una manera particular de responder al entorno y un ritmo que no podemos acelerar indefinidamente sin alterar su crecimiento.

Con los niños sucede algo semejante. Nuestra atención puede ofrecerles seguridad, orientación y recursos, pero no podemos crecer por ellos. Tampoco podemos evitarles todas las dificultades ni decidir de antemano la forma que adquirirá su vida. Podemos preparar el ambiente, reconocer sus necesidades, acompañar los cambios y aprender a intervenir con la medida adecuada. Después tendremos que confiar en su capacidad para desarrollar sus propias raíces.

Con los años he comprendido que mantener vivo el vínculo materno no significa conservar indefinidamente la misma proximidad, sino aprender a transformarla. Al principio, nuestros hijos necesitan que estemos muy cerca para ayudarles a reconocer el mundo. Más adelante necesitan saber que pueden alejarse, explorar y regresar sin que esa distancia ponga en peligro nuestro afecto.

Y llegará un momento en que tendrán que construir una vida propia, establecer sus relaciones, tomar decisiones y revisar incluso algunas de las enseñanzas que recibieron de nosotros. Quizá entonces descubramos que nuestra tarea no consistía en mantenerlos permanentemente bajo nuestra mirada, sino en acompañarlos hasta que pudieran aprender a mirar por sí mismos.

Porque tener presente a un hijo es también reconocer, desde el principio, que un día deberá estar plenamente presente en su propia vida.

 


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