Escuela de padres · Método Cronos®
Escuela de padres es una serie de siete reflexiones sobre la infancia, la educación y los vínculos familiares, nacidas de mi experiencia personal y de los años de observación y acompañamiento a familias desde el Método Cronos®. Una invitación a revisar cómo crecemos junto a nuestros hijos, qué necesidades aparecen en cada etapa y de qué manera podemos acompañarlos hacia una autonomía cada vez mayor.
Estás leyendo la entrega IV de VII.
¿Te gustan los cambios?
Hace algunos años, mientras preparaba una de mis reflexiones sobre el aprendizaje humano, varias personas a las que acompañaba en consulta atravesaban situaciones aparentemente muy diferentes. Algunas estaban revisando sus relaciones familiares o de pareja; otras se enfrentaban a decisiones profesionales, cambios de residencia o circunstancias personales que llevaban tiempo aplazando. Sin embargo, había algo que aparecía con frecuencia en sus relatos: la dificultad para abandonar una manera conocida de hacer las cosas, incluso cuando esa manera había dejado de proporcionarles bienestar.
Aquella coincidencia me llevó a recuperar una pregunta que sigo considerando especialmente reveladora: ¿te gustan los cambios? La respuesta parece sencilla hasta que descubrimos que no todos los cambios despiertan la misma disposición. Podemos desear intensamente que una situación mejore y, al mismo tiempo, resistirnos a modificar los hábitos, las relaciones o las expectativas que la mantienen. Podemos sentir entusiasmo ante una nueva etapa y experimentar miedo cuando llega el momento de dar el primer paso. Incluso podemos defender con convicción la necesidad de cambiar mientras seguimos utilizando los mismos recursos que nos llevaron hasta donde estamos.
Esta contradicción forma parte de la experiencia humana. Cambiar implica encontrarnos con algo que todavía no conocemos y aceptar que quizá necesitemos aprender una manera diferente de desenvolvernos. Por eso, cuando observo una resistencia al cambio, me interesa comprender qué está intentando conservar esa persona, qué recursos tiene disponibles y cuáles necesita desarrollar para avanzar. No siempre se trata de falta de voluntad. En ocasiones, aquello que desde fuera parece una resistencia es una forma de proteger la seguridad que hemos construido con los recursos que conocemos.
En la entrega anterior de Escuela de padres reflexionábamos sobre el aprendizaje infantil como una experiencia que comienza mucho antes de la escuela. El niño aprende a través del cuerpo, del movimiento, de los sentidos, de los vínculos y de su participación progresiva en el ambiente social. Pero ese proceso no termina cuando dejamos atrás la infancia. Seguimos aprendiendo durante toda la vida, aunque las capacidades que necesitamos desarrollar y las circunstancias en las que debemos utilizarlas sean diferentes. Y quizá una de las expresiones más interesantes de ese aprendizaje sea nuestra capacidad para reconocer cuándo ha llegado el momento de cambiar.
Motivación e inspiración: qué nos mueve y qué nos orienta
Para aprender, crecer o cambiar necesitamos encontrar motivos que nos impulsen y referencias que nos ayuden a orientar nuestros pasos. En el Método Cronos® distingo entre motivación e inspiración, dos conceptos que suelen utilizarse como equivalentes, pero que me permiten observar dimensiones diferentes de un mismo proceso. Relaciono la motivación con aquello que nace de nuestra experiencia personal: las necesidades que reconocemos, los deseos que comienzan a tomar forma, los intereses que hemos desarrollado y la intención que nos lleva a querer modificar una situación. La motivación responde, en cierto modo, a la pregunta de qué queremos cambiar y por qué ese cambio tiene sentido para nosotros.
La inspiración, en cambio, aparece cuando encontramos algo que nos ayuda a imaginar cómo podría materializarse ese movimiento. Puede llegar a través de una persona, una conversación, una experiencia, una lectura o un ambiente que nos muestra posibilidades que hasta entonces no habíamos contemplado. No se trata necesariamente de admirar o imitar a alguien, sino de reconocer una referencia que amplía nuestra manera de comprender lo que es posible. En ocasiones, basta con observar cómo otra persona ha resuelto una dificultad para descubrir que existen caminos diferentes del que nosotros hemos recorrido hasta ese momento.
En el lenguaje simbólico de Cronos, asocio estas dos dimensiones con la relación entre tierra y sol. La tierra representa la base personal desde la que algo puede crecer; el sol, las condiciones exteriores que favorecen y orientan ese crecimiento. Son imágenes que me ayudan a pensar la relación entre nuestros recursos internos y las oportunidades que encontramos en el ambiente. Ninguna de las dos dimensiones funciona completamente aislada. Podemos sentir una motivación intensa y no encontrar todavía una manera adecuada de avanzar, del mismo modo que podemos recibir estímulos e ideas extraordinarias sin sentir que respondan a una necesidad verdaderamente nuestra.
A medida que avanzamos por las distintas etapas de la vida, cambian nuestras motivaciones y también las referencias que encontramos en el ambiente. Aquello que nos impulsaba durante la infancia puede dejar de tener sentido en la adolescencia, y lo que nos inspiraba al comenzar la vida adulta puede resultar insuficiente cuando atravesamos una nueva transición. No necesariamente porque hayamos perdido el rumbo, sino porque nuestra experiencia se ha ampliado y necesitamos actualizar la relación entre lo que somos, lo que necesitamos y las posibilidades que tenemos delante.
¿Qué tiene una flor que hacer para ser flor?
Hace años me formulé una pregunta que continúa acompañándome: ¿qué tiene una flor que hacer para ser flor? La imagen puede parecer ingenua, pero contiene una reflexión que considero importante. Una flor no necesita proponerse ser flor ni compararse continuamente con las demás. Su desarrollo depende de las posibilidades propias de la planta y de las condiciones en las que crece. Necesita agua, luz, nutrientes, espacio y tiempo. Cuando alguna de esas condiciones falta, su desarrollo puede verse comprometido; cuando encuentra un ambiente favorable, dispone de mejores oportunidades para desplegar sus capacidades.
Los seres humanos somos mucho más complejos que una planta y nuestro desarrollo no responde a una secuencia tan sencilla. Sin embargo, la comparación me ayuda a recordar que crecer no consiste exclusivamente en esforzarse por alcanzar una forma previamente establecida. También implica reconocer las necesidades de cada etapa y disponer de condiciones que permitan desarrollar capacidades. En la infancia, estas condiciones incluyen la alimentación, el descanso, el movimiento, la seguridad afectiva, la exploración y la convivencia. Más adelante aparecen nuevas necesidades, intereses y responsabilidades que nos invitan a reorganizar lo aprendido.
Me interesa especialmente esta relación entre desarrollo y oportunidad. Hay capacidades que comienzan a manifestarse cuando el niño encuentra un ambiente que le permite experimentarlas, del mismo modo que hay aprendizajes que necesitan tiempo para consolidarse. No todo puede acelerarse mediante la exigencia, y tampoco resulta adecuado interpretar cualquier diferencia de ritmo como una dificultad. Acompañar el desarrollo exige observar lo que está sucediendo, reconocer las necesidades reales y ofrecer oportunidades proporcionadas a las capacidades de cada persona.
Pero la imagen de la flor también me invita a pensar en la vida adulta. Porque nosotros continuamos necesitando condiciones para crecer, aunque nuestras necesidades hayan cambiado. Una persona puede disponer de conocimientos y experiencia y, sin embargo, encontrarse en un ambiente donde apenas tiene oportunidades para utilizarlos. Otra puede atravesar una etapa de transformación personal y descubrir que necesita tiempo, nuevas referencias o relaciones diferentes para desarrollar capacidades que hasta entonces no había considerado necesarias.
La pregunta, por tanto, no es solamente qué tenemos que hacer para cambiar, sino qué condiciones necesitamos reconocer, crear o modificar para que ese cambio pueda producirse.
Las etapas de la vida: un mapa para comprender el aprendizaje
En el Método Cronos® utilizo las etapas de la vida como un mapa de observación del desarrollo humano. Me interesa comprender cómo cambian nuestras necesidades, qué capacidades vamos incorporando y de qué manera se amplían los ambientes en los que participamos. No concibo estas etapas como compartimentos cerrados ni como un calendario que determine lo que cada persona debe haber conseguido a una edad concreta. Las utilizo como referencias para observar procesos que se relacionan entre sí y que continúan transformándose a lo largo de la vida.
En esta mirada, las primeras etapas adquieren una importancia especial porque durante ellas comenzamos a construir recursos que después utilizaremos en situaciones cada vez más complejas. Pero también considero necesario recordar que el desarrollo no termina en la infancia ni queda definitivamente establecido al llegar a la vida adulta. Cada transición introduce experiencias nuevas y puede invitarnos a revisar capacidades, hábitos y maneras de comprender el mundo que hasta entonces nos habían resultado útiles.
De 0 a 7 años: descubrir el cuerpo y construir las primeras raíces
Durante los primeros años, la vida del niño gira en gran medida alrededor de las necesidades corporales, la comunicación y la exploración. Alimentarse, descansar, desplazarse, reconocer sensaciones y comenzar a expresar preferencias forman parte de una experiencia de aprendizaje intensa. El cuerpo es el primer territorio desde el que descubre el mundo y comienza a construir una conciencia diferenciada de sí mismo. A través del movimiento, del juego y de la relación con quienes lo cuidan, va reconociendo sus posibilidades y desarrollando recursos que le permiten participar de manera cada vez más activa en su ambiente.
En el lenguaje simbólico de Cronos, relaciono esta etapa con el aprendizaje orgánico y la construcción de las primeras raíces personales. La seguridad afectiva, la atención a las necesidades y las oportunidades de exploración contribuyen a que el niño pueda ampliar progresivamente su autonomía. No se trata de alcanzar una independencia prematura, sino de descubrir que puede actuar, experimentar y comenzar a resolver pequeñas dificultades dentro de un entorno suficientemente seguro.
De 7 a 14 años: ampliar el mundo y aprender a convivir
Con la incorporación y consolidación de la vida escolar, el niño participa en ambientes sociales cada vez más amplios. Aprende a relacionarse con compañeros, profesores y otras figuras adultas, a reconocer normas compartidas y a utilizar sus capacidades en situaciones donde tiene que considerar también las necesidades de los demás. La convivencia introduce experiencias de cooperación, comparación, pertenencia y conflicto que amplían su manera de comprenderse y de participar en el mundo.
Desde mi perspectiva, esta etapa representa una oportunidad importante para desarrollar recursos sociales sin perder la conexión con las necesidades personales. El niño necesita encontrar su lugar dentro del grupo, pero también aprender a expresar sus preferencias, reconocer sus límites y descubrir que puede participar sin renunciar a su individualidad. Los aprendizajes académicos forman parte de este proceso, aunque no deberían eclipsar la importancia de las relaciones, el juego, el movimiento y las experiencias que permiten construir confianza en las propias capacidades.
De 14 a 21 años: diferenciarse y comenzar a elegir
La adolescencia y el tránsito hacia la vida adulta introducen nuevas preguntas sobre la identidad, la pertenencia y la autonomía. Las relaciones con los iguales adquieren una relevancia creciente y aparecen intereses, deseos y proyectos que pueden diferenciarse de los de la familia. El joven comienza a revisar las referencias que recibió durante la infancia y a construir criterios personales para orientar sus decisiones.
Este proceso no siempre resulta sencillo. La necesidad de pertenecer puede convivir con el deseo de diferenciarse, y la búsqueda de autonomía puede despertar incertidumbre tanto en los hijos como en sus padres. Desde mi punto de vista, acompañar esta etapa exige reconocer que el joven necesita ampliar su capacidad de decisión y, al mismo tiempo, disponer de adultos que continúen ofreciendo orientación, límites y apoyo cuando las circunstancias lo requieren. No se trata de retirarnos de su vida, sino de aprender a ocupar un lugar diferente.
La vida adulta: aprender a sostener nuestras elecciones
Al llegar a la vida adulta comenzamos a asumir responsabilidades que nos obligan a utilizar de manera más autónoma los recursos desarrollados durante las etapas anteriores. Elegimos estudios, trabajos, relaciones y proyectos personales; organizamos nuestra convivencia y construimos una manera particular de participar en la sociedad. Pero estas decisiones no significan que el aprendizaje haya concluido. Al contrario, muchas de las experiencias adultas nos enfrentan por primera vez a situaciones para las que no disponemos de respuestas suficientemente elaboradas.
Una persona puede haber aprendido a desenvolverse con soltura en el ambiente académico y descubrir que necesita desarrollar otras capacidades para participar en un equipo de trabajo. Puede haber construido relaciones satisfactorias durante años y encontrarse después con dificultades cuando cambian las necesidades de su pareja o de sus hijos. También puede experimentar una transformación profunda al convertirse en madre o padre, atravesar una pérdida, modificar su actividad profesional o comenzar una nueva etapa vital.
Cada una de estas circunstancias puede exigir una actualización de nuestros recursos. No porque lo aprendido anteriormente carezca de valor, sino porque la vida continúa presentándonos experiencias que amplían o modifican nuestras necesidades.
Las franjas de edad que utilizo en este mapa tienen un valor orientativo y simbólico dentro del Método Cronos®. Los procesos de desarrollo se solapan, presentan diferencias individuales y no responden a límites cronológicos universales. Lo importante para mí no es encajar a una persona en una edad, sino observar qué está aprendiendo, qué recursos utiliza y qué nuevas capacidades necesita desarrollar en el momento que está viviendo.
Cuando lo aprendido deja de servirnos
Quizá una de las experiencias más difíciles de la vida adulta sea descubrir que aquello que durante años consideramos una fortaleza comienza a convertirse en una limitación. La capacidad para adaptarnos a las necesidades de los demás puede haber facilitado nuestra convivencia familiar, pero dificultar después el reconocimiento de nuestros propios deseos. La disciplina que nos permitió alcanzar determinados objetivos puede transformarse en una exigencia que apenas nos deja descansar. La prudencia que nos ayudó a evitar riesgos innecesarios puede convertirse en una resistencia a explorar posibilidades nuevas.
No se trata de considerar equivocados esos aprendizajes. Probablemente tuvieron sentido en las circunstancias en las que aparecieron y quizá continúen siendo útiles en muchos aspectos de nuestra vida. El problema surge cuando los aplicamos de manera automática, sin comprobar si responden a las necesidades del presente. Una herramienta puede ser extraordinaria para una tarea y resultar poco adecuada para otra. Algo semejante sucede con nuestros hábitos, nuestras creencias y nuestras maneras de relacionarnos.
En consulta he observado situaciones en las que una persona reconoce con claridad que necesita cambiar, pero continúa intentando resolver su dificultad mediante las mismas respuestas de siempre. Quiere establecer límites, pero sigue buscando la aprobación de todos. Desea iniciar una nueva etapa profesional, pero continúa valorando sus posibilidades desde una imagen antigua de sus capacidades. Necesita reorganizar una relación, pero espera que el otro siga desempeñando el papel que tuvo durante años. En estos casos, el cambio no consiste únicamente en tomar una decisión. También requiere desarrollar una manera diferente de comprender y afrontar la situación.
Desde esta perspectiva, la resistencia al cambio puede entenderse, en ocasiones, como la dificultad para abandonar una respuesta conocida antes de haber desarrollado otra que nos proporcione suficiente seguridad. Queremos avanzar, pero todavía no sabemos cómo hacerlo. Reconocemos que una situación necesita transformarse, pero sentimos incertidumbre ante las consecuencias de modificarla. Y cuanto más tiempo llevamos organizando nuestra vida alrededor de una determinada manera de actuar, más difícil puede resultar imaginar alternativas.
Por eso considero importante recuperar la relación entre motivación e inspiración. Necesitamos reconocer qué nos mueve a cambiar, pero también encontrar experiencias que nos permitan desarrollar nuevas posibilidades. A veces será necesario aprender una habilidad concreta; otras, revisar una expectativa, reorganizar una relación o aceptar que una etapa ha terminado. Y habrá situaciones en las que necesitemos acompañamiento profesional para comprender dificultades que no podemos resolver únicamente mediante la reflexión personal.
Aprender a cambiar también es aprender a vivir
Cuando observamos la vida desde la perspectiva de sus distintas etapas, descubrimos que cada una nos ofrece oportunidades para desarrollar capacidades y ampliar nuestra experiencia. Durante la infancia aprendemos a reconocer el cuerpo, expresar necesidades y explorar el ambiente. Más adelante comenzamos a utilizar esos recursos en espacios sociales cada vez más complejos. Durante la adolescencia revisamos nuestras referencias y buscamos una identidad propia. Y en la vida adulta seguimos encontrando circunstancias que nos invitan a reorganizar lo aprendido.
Pero el crecimiento no se produce únicamente porque cumplamos años o atravesemos una nueva etapa. También necesitamos participar activamente en las experiencias que la vida nos presenta, reconocer nuestras necesidades y desarrollar recursos que nos permitan responder a ellas. A veces lo hacemos con entusiasmo y otras con resistencia. En ocasiones encontramos inspiración en el ambiente; en otras necesitamos detenernos a comprender qué nos está impidiendo avanzar. No existe una única manera de vivir estos procesos ni una velocidad correcta para realizarlos.
Tampoco todo cambio representa necesariamente un progreso. Hay decisiones que conviene reconsiderar, situaciones que requieren paciencia y momentos en los que mantener una estructura conocida puede ser lo más adecuado. La cuestión no consiste en cambiar constantemente, sino en conservar la capacidad de revisar nuestra vida cuando las circunstancias lo requieren.
Vuelvo entonces a aquella pregunta que me acompañaba al comenzar este artículo: ¿te gustan los cambios? Quizá la respuesta dependa de nuestra disposición a reconocer que cambiar no significa necesariamente abandonar lo que somos. En muchas ocasiones significa ampliar nuestros recursos, revisar una forma antigua de comprender el mundo o permitir que aparezcan posibilidades que todavía no habíamos contemplado.
Cuando observo a una persona que consigue afrontar de otra manera una situación que antes le resultaba difícil, encuentro una expresión especialmente hermosa del aprendizaje humano. No ha borrado su historia ni ha dejado de ser quien era. Ha incorporado una posibilidad que antes no tenía y, gracias a ella, puede participar en su vida de una manera diferente.
Tal vez crecer consista también en eso: en seguir descubriendo, a lo largo del tiempo, nuevas formas de utilizar nuestros recursos sin quedar definitivamente sujetos a lo que aprendimos en el pasado. Porque la infancia es el comienzo de nuestra experiencia de aprendizaje, pero no tiene por qué ser el límite de aquello que podemos llegar a comprender.
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