Escuela de padres · Método Cronos®
Escuela de padres es una serie de siete reflexiones sobre la infancia, la educación y los vínculos familiares, nacidas de mi experiencia personal y de los años de observación y acompañamiento a familias desde el Método Cronos®. Una invitación a revisar cómo crecemos junto a nuestros hijos, qué necesidades aparecen en cada etapa y de qué manera podemos acompañarlos hacia una autonomía cada vez mayor.
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Hace unos días, mientras reflexionaba sobre el concepto de entretiempo, una mariposa vino a posarse sobre mi pie. Permaneció allí unos instantes y, después, levantó el vuelo para revolotear frente a mis ojos, tan cerca que hubiera podido rozarla con las manos. No es algo que ocurra todos los días y, quizá por eso, aquel pequeño encuentro adquirió para mí un significado especial.
Entretiempo: cuando la vida nos invita a transformarnos
Precisamente estaba pensando en esos espacios intermedios de la vida en los que algo termina sin que lo siguiente haya adquirido todavía su forma definitiva. La mariposa, con su extraordinaria metamorfosis, me pareció una hermosa representación de lo que estaba intentando comprender. Hay momentos en los que necesitamos abandonar una forma de estar en el mundo para dar paso a otra. Y entre ambas existe un tiempo de transformación que no siempre sabemos reconocer ni acompañar.
De eso quiero hablar hoy. De los entretiempos, de la importancia de aprender a transitarlos y de cómo nuestra manera de vivirlos influye también en las relaciones familiares y en el desarrollo de nuestros hijos. Porque, en ocasiones, detrás de una dificultad escolar o de un comportamiento que nos desconcierta, encontramos algo que merece ser observado más allá de las notas o de la conducta: el momento vital que está atravesando el niño y el lugar que ocupan sus figuras de referencia en su mundo emocional.
Moon River y la memoria emocional
Hay una canción que, desde hace años, aparece espontáneamente en mi memoria cuando determinadas experiencias despiertan en mí una resonancia emocional: Moon River. A veces me sorprendo tarareándola sin haber pensado conscientemente en ella. Es como si una parte de mi memoria reconociera una situación antes de que mi pensamiento terminara de darle forma.
He llegado a llamar a esa experiencia memoria de luna. En mi lectura simbólica, la luna representa ese territorio de la memoria afectiva donde permanecen nuestras primeras experiencias de vínculo, protección, pertenencia y reconocimiento. Un territorio al que regresamos, muchas veces sin saberlo, cuando determinadas personas o circunstancias despiertan emociones que parecen desproporcionadas respecto a lo que está ocurriendo.
Pienso, por ejemplo, en la fascinación que puede despertar una figura de autoridad: un maestro, un tutor, un jefe o alguien a quien atribuimos una capacidad especial para orientarnos, protegernos o reconocer nuestro valor. No siempre se trata únicamente de admiración. En ocasiones, esa persona representa algo que hemos necesitado recibir y que, por diferentes razones, sentimos que quedó pendiente.
Y aquí aparece una cuestión que considero especialmente importante en la educación de nuestros hijos: la construcción de la figura paterna y el lugar que ocupa en su mundo emocional.
La figura paterna: aprender a mirar con buenos ojos
Hay una observación que me acompaña desde hace muchos años y que he podido reconocer en diferentes momentos de mi propia vida, durante la crianza de mis hijas y en el acompañamiento a familias con hijos en edad escolar.
Cuando una madre pierde la admiración por su pareja, deja de sentirse conectada con él o comienza a mirarlo desde la desvalorización, en algunas familias aparecen dificultades en los hijos que van más allá de la convivencia cotidiana. Me ha llamado especialmente la atención encontrar problemas relacionados con la lectura, la comprensión lógica, las matemáticas y la capacidad de organizar o expresar el pensamiento. Son funciones que tradicionalmente se han asociado, aunque de manera simplificada, con la actividad del hemisferio cerebral izquierdo.
No pretendo establecer una regla universal ni afirmar que estas dificultades tengan necesariamente su origen en la relación entre los padres. Lo que quiero compartir es una observación que se ha repetido en mi experiencia y que me ha llevado a prestar especial atención al lugar que ocupa la figura paterna en el mundo emocional del niño.
Desde la perspectiva del Método Cronos®, considero que el padre no solo participa en la educación a través de sus actos y de su presencia cotidiana. También existe una representación interior de esa figura que el niño va construyendo a partir de sus propias experiencias y de la manera en que la madre y el entorno familiar se relacionan con él.
Un niño no conoce a su padre solamente por lo que este hace o deja de hacer. También lo conoce a través de las palabras que escucha, de los gestos que observa y del lugar que se le concede dentro de la familia. Cuando una madre mira con aprecio al padre de sus hijos, incluso cuando existen diferencias entre ambos, está contribuyendo a crear un clima en el que el niño puede desarrollar su propia relación con él sin sentirse obligado a tomar partido. Y lo mismo sucede a la inversa. El respeto del padre hacia la madre también ayuda al niño a integrar sus vínculos sin tener que dividir afectivamente su mundo.
Pero ¿qué ocurre cuando uno de los progenitores desvaloriza continuamente al otro? El niño puede encontrarse ante un conflicto difícil de resolver. Ama a dos personas que forman parte de su historia y, sin embargo, percibe que querer o admirar a una de ellas puede significar deslealtad hacia la otra.
En determinadas circunstancias, esta tensión puede afectar a su seguridad emocional, a su capacidad de concentración o a su manera de relacionarse con las figuras de autoridad. Desde la mirada del Método Cronos®, me interesa observar especialmente cómo se construye esa representación interior del padre, porque puede convertirse en una referencia importante para la autonomía, la confianza y la relación con el mundo exterior.
No estoy diciendo que estas capacidades pertenezcan al padre ni que una madre no pueda transmitirlas. Tampoco que todos los niños necesiten una estructura familiar determinada para desarrollarse adecuadamente. Hablo del significado que adquieren las figuras de referencia en cada historia familiar concreta.
Un padre puede estar físicamente presente y resultar emocionalmente inaccesible. También puede vivir separado de sus hijos y conservar con ellos un vínculo sólido, respetuoso y profundamente significativo. Lo importante no es únicamente la presencia, sino la calidad de la relación y la posibilidad de que el niño construya una imagen propia de cada progenitor.
Lo verdaderamente significativo para mí es que, al acompañar a algunas de estas familias en la revisión de sus dinámicas relacionales, hemos observado mejoras en la comunicación de los hijos y también en sus resultados escolares. No puedo atribuir esas mejoras exclusivamente al cambio de mirada hacia la figura paterna. En una familia, cuando se modifica una dinámica, suelen cambiar muchas cosas al mismo tiempo. Pero sí puedo afirmar que esta línea de observación ha resultado útil en mi práctica y continúa formando parte de mi manera de comprender y acompañar determinados procesos.
Por eso, cuando llegan las malas notas, no me interesa mirar únicamente el cuaderno, los deberes o el boletín escolar. También me pregunto qué está sucediendo en las relaciones familiares, cómo se están reconociendo los adultos y qué lugar puede ocupar cada uno en la vida emocional del niño.
A veces, para ayudar a un hijo a avanzar, necesitamos ampliar nuestra mirada mucho más allá de aquello que aparentemente no está funcionando.
Cuando los hijos comienzan a construir su propia mirada
Hay algo que he observado en el acompañamiento a familias y que considero especialmente significativo. En ocasiones, el proceso de cambio comienza en el momento en que podemos hacer consciente una dinámica que hasta entonces estaba actuando de manera implícita.
Cuando una madre reconoce que su relación con el padre de sus hijos está atravesada por la decepción, el desencuentro o la pérdida de admiración, puede comenzar a distinguir lo que pertenece a su historia de pareja de aquello que corresponde a la relación de sus hijos con él.
Esta distinción adquiere una importancia especial durante la adolescencia. Alrededor de los 14 o 15 años, muchos jóvenes comienzan a disponer de recursos para comprender que sus padres, además de ser sus padres, son dos personas con una historia compartida, dificultades propias y una relación que no siempre responde a sus expectativas.
En algunas de las familias que he acompañado, poner palabras a esta realidad ha supuesto un punto de inflexión. Poder decirle a un hijo: «La relación entre tu padre y yo tiene sus propias dificultades. Son cuestiones que nos corresponden a nosotros como pareja y como adultos. Tú no tienes que resolverlas ni sentirte obligado a compartir mi manera de verlo. Tu relación con tu padre es también tuya y tienes derecho a construirla desde lo que tú vives y experimentas con él».
Este reconocimiento no elimina automáticamente los conflictos ni las emociones que el adolescente haya podido acumular. Pero puede ayudarle a comprender algo fundamental: que no necesita hacerse cargo de la historia afectiva de sus padres para poder desarrollar la suya.
He observado que, cuando esta diferenciación empieza a producirse y los adultos la acompañan de manera coherente, algunos jóvenes comienzan a comunicarse con mayor libertad, a expresar mejor sus dificultades y, en determinados casos, a mejorar también su disposición hacia el aprendizaje y sus resultados escolares.
Es como si, al dejar de ocupar un lugar que no les corresponde dentro del conflicto familiar, recuperaran parte de la atención y la energía que necesitan para afrontar sus propios desafíos.
En las familias donde la relación entre los progenitores se ha deteriorado profundamente, especialmente cuando existe una separación conflictiva, he observado que este proceso puede necesitar un acompañamiento más prolongado. No siempre basta con explicar una vez que los problemas de pareja pertenecen a los adultos. El hijo puede comprender las palabras y, sin embargo, continuar emocionalmente vinculado a un conflicto que ha formado parte de su vida durante años.
En ocasiones, al hablar con adolescentes, tengo la sensación de que no estoy dirigiéndome únicamente al joven que tengo delante. También estoy hablando con aquel niño más pequeño que fue creciendo en medio de situaciones que no podía comprender y que quizá interpretó desde sus propios temores, necesidades o sentimientos de lealtad.
Ese niño necesita escuchar, a veces una y otra vez, que lo sucedido entre sus padres no fue responsabilidad suya. Que no tiene que elegir entre ellos, ni reparar su relación, ni asumir como propios los sentimientos de uno hacia el otro. Que puede quererlos de manera diferente y construir con cada uno un vínculo basado en su propia experiencia, siempre que ese vínculo sea seguro y respetuoso.
He observado que, cuando estas palabras se transmiten con claridad, serenidad y sin intentar imponer una interpretación de lo sucedido, pueden producirse momentos de verdadero alivio emocional. Como si algo que llevaba mucho tiempo confundido encontrara, por fin, un lugar más adecuado.
No significa que el conflicto desaparezca ni que todas las heridas queden resueltas. A veces será necesario acompañar al joven durante años, mientras madura y adquiere recursos para comprender la complejidad del mundo adulto. Pero hay algo que considero especialmente valioso: no necesita comprenderlo todo para empezar a sentirse más libre.
En las sesiones, esta diferenciación forma parte del acompañamiento que propongo a las familias. Cuando una madre comprende que puede separar sus dificultades como pareja de la relación que sus hijos necesitan construir con su padre, suele abrirse una posibilidad de entendimiento. Y lo mismo sucede a la inversa. No se trata de pedirle que admire a quien ya no admira, ni que renuncie a sus sentimientos o a su propia historia. Se trata de reconocer que sus hijos tienen derecho a vivir la suya.
En mi experiencia, cuando los adultos consiguen contemplar esta distinción, suelen encontrar también un alivio personal: ya no necesitan que sus hijos compartan su mirada para sentirse comprendidos. Cada vínculo puede comenzar a ocupar el lugar que le corresponde.
Esta diferenciación no implica justificar comportamientos dañinos ni pedir al hijo que mantenga una relación que comprometa su bienestar. La responsabilidad de cuidar el vínculo sigue correspondiendo a los adultos. Lo que buscamos es evitar que los hijos hereden conflictos que no les pertenecen, sin negar aquello que realmente han vivido.
Quizá esa sea también una de las funciones del acompañamiento durante los entretiempos de la vida: ofrecer una referencia suficientemente clara y estable mientras la persona desarrolla sus propios recursos para comprender, integrar y decidir. Y permitir que aquel niño que un día se sintió atrapado entre dos mundos descubra, poco a poco, que no tiene que seguir viviendo dividido entre ellos.
El entretiempo: el tiempo de la metamorfosis
La naturaleza está llena de transiciones. Ninguna estación aparece de pronto, completamente formada. Entre el invierno y la primavera existe un tiempo de reajuste en el que conviven señales de ambos ciclos.
La vida humana también transcurre entre cambios de estado, de actividad y de relación con nuestro entorno. En el lenguaje del Método Cronos®, llamo entretiempos a esos espacios de transición que nos permiten pasar de una actividad a otra, de un ambiente a otro o de una etapa vital a la siguiente.
Me gusta imaginarlos como las transiciones entre escenas de una película. La historia continúa, pero necesitamos un pequeño intervalo para comprender que el escenario ha cambiado.
A veces atravesamos esos intervalos con naturalidad. Otras, nos resistimos a abandonar lo conocido, incluso cuando ha dejado de responder a nuestras necesidades. La mariposa no puede continuar siendo oruga y, al mismo tiempo, desplegar sus alas. Su transformación necesita un proceso. Nosotros también.
Como seres vivos, estamos sujetos a ritmos biológicos y ambientales. La luz, la temperatura, el descanso, la alimentación y nuestras actividades cotidianas participan en la organización de esos ritmos. Y, junto a esa dimensión biológica, existe otra que me interesa especialmente: la manera en que organizamos nuestras relaciones durante los cambios.
«Transiciones. Haz que tu vida fluya».
Los rituales cotidianos que sostienen el cambio
Hay cuatro momentos del día a los que concedo especial importancia dentro de la organización familiar: el desayuno, la comida, la merienda y la cena. No solamente por su función alimentaria, sino porque representan oportunidades de encuentro y de transición entre las distintas actividades de la jornada.
Sentarnos a comer puede ayudarnos a dejar atrás lo que estábamos haciendo y prepararnos para lo siguiente. Es un pequeño cambio de escenario que, cuando se comparte, permite además recuperar el contacto con quienes convivimos. A veces basta una conversación, una mirada o la posibilidad de escuchar cómo ha transcurrido el día.
En una familia con hijos, estos encuentros pueden convertirse en referencias de estabilidad. No porque sea imprescindible compartir todas las comidas, sino porque la repetición de ciertos rituales ayuda a construir una experiencia de continuidad y pertenencia.
Y aquí recupero la cuestión de la figura paterna. ¿Qué lugar ocupa papá en esos momentos? ¿Cómo se le mira, cómo se le escucha y cómo participa? ¿Qué lugar ocupa mamá? ¿Pueden ambos ejercer su responsabilidad sin desacreditarse mutuamente?
Son preguntas sencillas, pero pueden revelar aspectos importantes de la organización familiar. En ocasiones, los adultos estamos tan pendientes de que los niños cumplan sus horarios, terminen sus deberes o mejoren sus resultados escolares que olvidamos observar cómo estamos conviviendo. Y quizá sea precisamente ahí donde convenga empezar.
Ver con buenos ojos
Hay una expresión cotidiana que me parece extraordinariamente reveladora: ver con buenos ojos. Decimos que vemos con buenos ojos una propuesta cuando estamos dispuestos a aceptarla. También cuando reconocemos algo valioso en una persona o en una situación.
En mi manera de observar las relaciones humanas, esta expresión tiene un significado especial. No siempre podemos cambiar inmediatamente aquello que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos revisar la mirada desde la que lo interpretamos.
Ver con buenos ojos no significa negar los conflictos ni justificar comportamientos que nos hacen daño. Significa intentar mirar con suficiente amplitud para no reducir a una persona a aquello que nos molesta de ella.
En la relación de pareja, y especialmente cuando hay hijos, esta capacidad adquiere una importancia considerable. Una madre puede estar profundamente decepcionada con el padre de sus hijos y, aun así, reconocer aquellas cualidades que permiten al niño construir una relación propia con él, siempre que esa relación sea segura. Un padre puede mantener diferencias importantes con la madre y evitar convertir al hijo en testigo o intermediario de sus desencuentros.
Los niños necesitan poder mirar a sus figuras de referencia sin sentir que deben elegir constantemente entre ellas. Quizá una de las tareas más delicadas de la educación consista precisamente en aprender a distinguir nuestros conflictos de pareja de las necesidades afectivas de nuestros hijos.
Recuerdo aquel anuncio de un jarabe para la tos que decía: «Invierno fuera, primavera en tu interior». Me gusta la expresión porque sugiere una posibilidad: que las circunstancias exteriores y nuestra disposición interior no tengan que avanzar siempre al mismo ritmo.
Entretiempo y notas escolares: ¿qué estamos mirando?
Estos días, en pleno entretiempo primaveral, dos situaciones aparentemente diferentes me han llevado a reflexionar sobre esta cuestión. Por un lado, una familia preocupada por las notas escolares de su hijo. Por otro, un responsable de comedor que se siente desbordado por la actividad y el comportamiento de los niños.
Dos escenarios distintos que me invitan a observar cómo estamos acompañando los cambios de actividad, de ambiente y de responsabilidad.
Cuando un niño comienza a obtener malas notas, nuestra primera reacción suele dirigirse hacia el resultado: cuánto ha estudiado, cuánto tiempo dedica a los deberes o qué asignaturas necesita reforzar. Todo eso importa. También conviene revisar si existen dificultades de aprendizaje, problemas de atención, falta de sueño, conflictos escolares o cualquier otra circunstancia que pueda estar influyendo.
Pero hay una dimensión que, desde mi experiencia de acompañamiento familiar, considero necesario incluir: el contexto emocional en el que ese niño está creciendo.
Me interesa saber cómo se relaciona con sus padres, qué expectativas percibe, cómo vive los errores y de qué manera se distribuyen las responsabilidades educativas.
En algunas familias he observado que la madre termina asumiendo casi toda la supervisión escolar, mientras el padre queda relegado a un papel secundario o interviene únicamente cuando aparecen los problemas. En otras, ambos progenitores participan, pero sus criterios son tan diferentes que el niño recibe mensajes contradictorios. Y en otras ocasiones, el padre desea implicarse, pero la dinámica familiar ha terminado por dejarle poco espacio.
Estas situaciones no explican por sí solas unas malas notas, pero pueden ayudarnos a comprender mejor el ambiente en el que se está desarrollando el aprendizaje.
No se trata de decidir si los deberes debe supervisarlos papá o mamá. Se trata de observar qué necesita ese niño, quién puede acompañarlo mejor en cada momento y cómo podemos evitar que la educación se convierta en otro escenario de conflicto entre los adultos.
También conviene preguntarnos qué sucede cuando los niños comen habitualmente en el colegio, pasan buena parte de la tarde con sus abuelos o están al cuidado de otras personas. Ninguna de estas circunstancias constituye por sí misma un problema. Los niños pueden establecer vínculos seguros y enriquecedores con diferentes adultos. Lo importante es la calidad del cuidado, la continuidad de las relaciones y la coordinación entre quienes participan en su educación.
En la vida cotidiana encontramos numerosos momentos de transición. En el espacio privado aparecen entre las comidas, al finalizar la jornada laboral, durante los fines de semana o cuando una familia atraviesa un cambio de vivienda, una separación o una nueva etapa de convivencia. En el espacio público los encontramos en las vacaciones escolares, los periodos de exámenes, los cambios de curso, el paso al instituto o la incorporación a un nuevo trabajo.
Algunas transiciones son pequeñas y apenas las advertimos. Otras modifican profundamente nuestra manera de vivir. Lo interesante es observar cómo se relacionan unas con otras. Un niño que está atravesando un cambio escolar puede necesitar mayor estabilidad en sus rutinas familiares. Una pareja que vive un periodo de tensión puede encontrar más dificultades para coordinar las responsabilidades cotidianas. Y una familia que acaba de reorganizar su convivencia quizá necesite tiempo para descubrir una nueva forma de funcionar.
Durante la infancia vamos construyendo referencias que después nos acompañarán en la adolescencia y en la vida adulta. Por eso me parece especialmente valioso revisar estas dinámicas antes de la llegada al instituto, cuando comienzan a transformarse las necesidades de autonomía y la relación con la autoridad. No porque exista una edad a partir de la cual ya no podamos intervenir, sino porque cuanto antes aprendamos a observar nuestras relaciones, más oportunidades tendremos de acompañar su evolución.
No existe una respuesta única para todas estas situaciones. Pero sí una pregunta que considero útil: ¿estamos acompañando el cambio que realmente está ocurriendo o seguimos exigiendo que todo funcione como antes?
Volver a los clásicos
Y ahora sí, te invito a escuchar Moon River. Hay canciones que nos acompañan durante años sin que sepamos explicar del todo por qué. Permanecen en algún lugar de nuestra memoria y reaparecen cuando una experiencia vuelve a conectar con aquello que representan para nosotros.
Quizá por eso me gustan tanto los clásicos. Porque nosotros cambiamos y, cuando regresamos a ellos, descubrimos significados que antes no habíamos sabido reconocer.
Si tienes ocasión, vuelve a ver Desayuno con diamantes. Observa a sus personajes, sus búsquedas, sus contradicciones y esa necesidad tan humana de encontrar un lugar propio sin renunciar al vínculo con los demás.
A mí, Moon River me devuelve a ese territorio de la memoria donde conviven nuestros primeros afectos, las figuras que nos enseñaron a mirar el mundo y las personas en quienes, a veces sin saberlo, seguimos buscando algo de aquel reconocimiento.
Y también me recuerda que crecer implica revisar esas imágenes interiores. Aprender a distinguir a nuestros padres reales de las representaciones que hemos construido de ellos, reconocer lo que recibimos, comprender lo que nos faltó y descubrir qué queremos hacer con nuestra propia historia.
Tal vez esa sea una de las metamorfosis más importantes de la vida adulta: descubrir que podemos comprender el mundo de nuestros padres sin tener que seguir viviendo dentro de sus conflictos. Que podemos quererlos sin repetir su historia y construir nuestros propios vínculos sin quedar atrapados en las lealtades de la infancia.
La mariposa que se posó sobre mi pie terminó levantando el vuelo. Yo seguí pensando en los entretiempos, en las familias, en los niños que crecen y en los adultos que todavía estamos aprendiendo a mirar. También en ese niño pequeño que permanece en nuestra memoria emocional y que, a veces, necesita escuchar una vez más aquello que no pudo comprender cuando sucedió.
Quizá crecer consista también en eso: en aprender a mirar con nuestros propios ojos, mientras la vida nos ofrece, una y otra vez, la oportunidad de transformarnos.
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