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Mujer caminando por un interior iluminado por la luz natural, entre zonas de luz y sombra.

El sol de la tranquilidad: cómo encontrar paz interior y ver el lado brillante de la vida

Contenido del post

Hay épocas en las que buscamos la tranquilidad como si fuera algo que pudiéramos alcanzar cuando todo estuviera finalmente en su sitio: cuando resolvamos aquel problema, cuando alguien cambie, cuando tengamos suficiente dinero, cuando nuestros hijos estén bien, cuando el trabajo deje de exigirnos tanto o cuando sepamos con certeza qué decisión tomar. Pero la vida rara vez permanece ordenada durante mucho tiempo. Algo cambia, alguien se va, una relación se transforma, aparece una dificultad que no habíamos previsto o aquello que hasta ayer nos servía deja de hacerlo. Y volvemos a sentir que la tranquilidad depende de conseguir que el mundo exterior recupere una forma conocida.  Quizá por eso, con los años, he ido entendiendo la serenidad de otra manera. La paz no se compra ni se consigue controlando la vida. La verdadera serenidad nace cuando podemos aceptar nuestra condición humana y aprender a habitarla sin entregar constantemente fuera nuestra seguridad. A esa experiencia la llamé hace años el sol de la tranquilidad. Hoy volvería a utilizar la misma imagen, aunque algunas cosas las explicaría de otra manera.

El sol interior: cuando dejamos de buscar fuera

Durante la infancia necesitamos referencias. Necesitamos adultos que nombren el mundo, establezcan límites, nos protejan y nos ayuden a distinguir lo que todavía no podemos comprender solos. Durante mucho tiempo, además, nuestra cultura depositó simbólicamente esa función de autoridad, dirección y orden principalmente en la figura paterna. De ahí que el padre haya aparecido en tantas tradiciones como representación de la ley, la autoridad o la orientación.

Pero crecer implica algo más que separarnos físicamente de nuestros padres. Implica ir desarrollando una autoridad interior, y ese proceso no siempre sucede al mismo ritmo que nuestra vida adulta. Podemos tener cuarenta, cincuenta o sesenta años y continuar esperando, de maneras muy sutiles, que alguien nos confirme que estamos haciendo lo correcto. Podemos buscar esa aprobación en nuestros padres, pero también en una pareja, un jefe, nuestros hijos, un grupo de amigos o incluso en la mirada social. Cuando esto ocurre, nuestra tranquilidad queda demasiado expuesta a lo que sucede fuera: una crítica nos descoloca, un desacuerdo se vive como rechazo, una decisión necesita demasiadas explicaciones o intentamos controlar el entorno porque sentimos que, si todo está en orden, nosotros también podremos estarlo.

Madurar no significa dejar de necesitar a los demás. Significa poder relacionarnos con ellos sin entregarles nuestro centro.

Los otros como espejos

En la primera versión de este texto escribí algo que hoy prefiero matizar. Decía que los hombres mayores podían representar simbólicamente al padre; los hombres de nuestra edad, a los hermanos; las mujeres mayores, a la madre; las mujeres de nuestra generación, a las hermanas; y las personas más jóvenes, a los hijos. Sigo encontrando interesante esa lectura cuando se utiliza como una posibilidad de observación, no como una regla.

Las relaciones actuales pueden despertar experiencias antiguas. Una persona con autoridad puede hacernos sentir inesperadamente pequeños; alguien que nos cuestiona puede activar una necesidad de defendernos que parece desproporcionada; una mujer determinada puede despertar admiración, rivalidad o rechazo sin que sepamos exactamente por qué; y alguien más joven puede movilizar nuestro deseo de proteger, enseñar o controlar. El otro no es literalmente nuestro padre, nuestra madre, nuestro hermano o nuestra hija, pero la relación con el otro puede mostrarnos algo de nosotros mismos. Ahí está el valor del espejo.

Esto no significa interpretar cada encuentro ni convertir todas nuestras relaciones en una búsqueda interminable de significados. Se trata simplemente de observar qué ocurre dentro de nosotros frente a determinadas personas. A veces lo que aparece pertenece enteramente al presente; otras veces, el presente roza algo mucho más antiguo. Aprender a distinguir una cosa de la otra forma parte del proceso de conocernos.

Cuando el espejo nos incomoda

Es relativamente fácil hablar de los demás como espejos cuando lo que recibimos de ellos nos gusta. La dificultad aparece cuando alguien nos irrita, nos decepciona, nos cuestiona o despierta algo que preferiríamos no sentir. Entonces solemos desplazarnos hacia uno de dos extremos: colocar inmediatamente el problema fuera o asumir que todo lo que sentimos habla exclusivamente de nosotros. Ninguna de las dos posiciones me parece suficiente.

Que algo nos afecte no significa necesariamente que sea una proyección nuestra. Hay comportamientos injustos, relaciones que se deterioran, límites que necesitan ser establecidos y situaciones de las que conviene alejarse. Pero también ocurre lo contrario: algunas reacciones adquieren una intensidad que merece ser observada. Por eso, antes de actuar, puede ser útil preguntarnos qué parte de lo que está sucediendo pertenece realmente al otro, qué parte nos corresponde a nosotros y qué estamos haciendo con ello.

Con los años he encontrado tres movimientos que aparecen una y otra vez cuando algo en una relación nos incomoda. A veces necesitamos revisar nuestra propia mirada, porque descubrimos que estamos interpretando desde una experiencia anterior, una expectativa o una necesidad de aprobación que ya no corresponde al presente. Otras veces necesitamos comunicar: decir lo que ocurre, expresar un límite, formular una necesidad o permitir que el otro conozca una parte de nosotros que habíamos mantenido en silencio. Y hay ocasiones en las que necesitamos tomar distancia. No todo debe comprenderse hasta el infinito ni todas las relaciones tienen que mantenerse. Alejarse también puede ser una decisión adulta cuando permanecer exige traicionarnos continuamente o cuando una relación ha dejado de tener un lugar saludable en nuestra vida.

Discernir entre estas posibilidades —revisarme, hablar o alejarme— requiere algo más profundo que reaccionar. Requiere presencia.

De la sombra del padre a la autoridad interior

En la versión original de este artículo hablaba de «la sombra del padre». Hoy ampliaría ese concepto. Me interesa menos señalar una figura concreta y más observar qué ocurre cuando nuestra autoridad interior todavía depende demasiado de una mirada externa.

Puede aparecer entonces una búsqueda constante de aprobación. Nos adaptamos excesivamente para ser aceptados, nos cuesta sostener una decisión cuando alguien importante no la comparte o intentamos controlar determinadas situaciones porque la incertidumbre nos resulta difícil de tolerar. También podemos vivir con la sensación de estar permanentemente evaluados, como si hubiera un foco sobre nosotros: ¿lo estoy haciendo bien?, ¿qué pensarán?, ¿estoy siendo suficientemente buena madre, profesional, pareja, hija?, ¿debería estar haciendo otra cosa con mi vida?

Cuando vivimos demasiado tiempo bajo ese foco imaginario, dejamos de escuchar algo fundamental: nuestra propia experiencia. Y poco a poco podemos terminar viviendo una vida correcta desde fuera pero extrañamente ajena por dentro.

Aprender a estar en la propia vida

Quizá por eso sigo encontrando sentido a aquella frase aparentemente sencilla de La vida de Brian: «Always look on the bright side of life». No porque haya que mirar siempre el lado positivo de las cosas. Hay momentos que necesitan tristeza, enfado, duelo o desconcierto, y convertir cualquier dificultad en pensamiento positivo puede ser otra manera de no mirar lo que ocurre. La frase me interesa porque me recuerda que nuestra relación con la vida también depende del lugar desde el que la miramos.

Podemos pasar años esperando que llegue el fin de semana, las vacaciones, la jubilación o ese momento futuro en el que por fin podremos empezar a vivir de otra manera. Mientras tanto, la vida sucede: en el desayuno de un martes, en el trabajo que hacemos, en una conversación incómoda, en el cuerpo que empieza a pedirnos otro ritmo, en las personas con las que convivimos, en aquello que aceptamos y también en aquello que finalmente decidimos cambiar.

Desde Método Cronos® hablamos de biorritmos humanos precisamente para recuperar esa relación con el tiempo vivido: reconocer que existen momentos para avanzar y otros para detenerse, etapas de expansión y etapas de recogimiento, tiempos para sostener y tiempos para dejar ir. No para someternos a un ritmo externo, sino para volver a percibir el nuestro.

El sol de la tranquilidad

Todos buscamos, de una manera u otra, un lugar interior en el que sentirnos seguros. Durante una parte de nuestra vida necesitamos encontrarlo fuera: en nuestros padres, en una pareja, en determinadas certezas, en el reconocimiento profesional, en nuestras creencias o en la sensación de tener las cosas bajo control. Pero llega un momento en el que crecer significa dejar de pedirle al mundo que nos proporcione permanentemente esa seguridad.

La serenidad adulta no consiste en que nada nos altere. Consiste en poder atravesar lo que nos altera sin perdernos completamente dentro de ello; en reconocer cuándo una relación está mostrando algo nuestro y cuándo necesitamos poner un límite; en escuchar otras miradas sin convertirlas automáticamente en verdades sobre nosotros; en aceptar que podemos equivocarnos, cambiar de opinión, pedir ayuda o alejarnos cuando sea necesario. Y también en permitir que alguien nos acompañe sin exigirle que nos salve.

Quizá ese sea, finalmente, el verdadero sol de la tranquilidad: no una luz que elimina las sombras, sino una luz suficiente para poder verlas sin dejar de caminar.


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