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Manos de dos mujeres de distintas generaciones junto a una rama de olivo sobre una mesa de piedra mediterránea.

De hijas a madres: resolver el pasado, afianzar el presente. Escuela de padres VII

Contenido del post

Escuela de padres · Método Cronos®

Escuela de padres es una serie de siete reflexiones sobre la infancia, la educación y los vínculos familiares, nacidas de mi experiencia personal y de los años de observación y acompañamiento a familias desde el Método Cronos®. Una invitación a revisar cómo crecemos junto a nuestros hijos, qué necesidades aparecen en cada etapa y de qué manera podemos acompañarlos hacia una autonomía cada vez mayor.

Estás leyendo la entrega VII de VII.

Tiempo de teta

Hace años llegó a mis manos un libro de Laura Gutman, La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Recuerdo que aquella lectura despertó mi interés por una idea que, con el tiempo, adquiriría un significado especial en mi trabajo: cuando una mujer se convierte en madre, no solo comienza una relación con su hijo. También puede reencontrarse, de una manera inesperada, con la niña que fue.

La maternidad nos sitúa ante una experiencia profundamente humana. De pronto, una nueva vida depende de nuestra capacidad para reconocer sus necesidades, ofrecerle alimento, protegerla y acompañarla mientras comienza a descubrir el mundo. Y, en ese encuentro cotidiano, pueden aparecer emociones, recuerdos y formas de responder que no siempre comprendemos de inmediato.

Durante años he observado en consulta cómo determinadas dificultades relacionadas con la crianza invitan a los adultos a revisar su propia historia. En ocasiones, lo que inicialmente parecía un problema del niño termina abriendo una reflexión sobre las expectativas de sus padres, las experiencias de cuidado que recibieron o las maneras de expresar afecto que aprendieron en su infancia.

No todas las situaciones siguen ese recorrido ni todas las dificultades infantiles encuentran su explicación en la historia familiar. Pero he visto suficientes experiencias significativas como para considerar que merece la pena prestar atención a esta dimensión de la maternidad y la crianza.

Porque cuidar de una nueva vida también puede convertirse en una oportunidad para comprender mejor la nuestra.

Alimentar y nutrir no son exactamente lo mismo

La palabra mamar procede del latín mamma, que significa pecho o mama. Es una palabra sencilla, corporal, vinculada a una de las primeras experiencias de alimentación de los mamíferos. Durante los primeros meses de vida, el bebé necesita recibir alimento, pero también contacto, protección, descanso y respuestas suficientemente sensibles a sus necesidades.

La lactancia materna puede reunir muchas de estas experiencias en un mismo gesto. Mientras se alimenta, el bebé percibe el calor del cuerpo que lo sostiene, escucha una voz conocida, reconoce olores y participa en un intercambio de miradas, movimientos y sensaciones. Es una forma de encuentro que puede resultar especialmente significativa tanto para el bebé como para la madre.

Sin embargo, conviene distinguir entre alimentar y nutrir afectivamente. Una madre puede amamantar y atravesar dificultades para conectar emocionalmente con su bebé. Otra puede alimentarlo con biberón y construir una relación de profunda cercanía, sensibilidad y confianza. El vínculo no depende exclusivamente del pecho, sino de la continuidad de los cuidados, de la disponibilidad de quienes atienden al niño y de la calidad de las interacciones que se van construyendo con el tiempo.

Por eso, cuando hablo de tiempo de teta, me interesa ir más allá de la lactancia como forma de alimentación. Me refiero también a ese primer tiempo de dependencia y encuentro en el que el bebé comienza a experimentar cómo es la vida fuera del vientre materno y en el que los adultos aprenden, día a día, a reconocer y atender sus necesidades.

Un tiempo de proximidad física, de comunicación no verbal y de descubrimiento mutuo. Un tiempo en el que la ternura no necesita explicarse con palabras porque puede expresarse a través de una mirada, una caricia, una voz tranquila o la manera de sostener un cuerpo pequeño que todavía necesita mucho de nosotros.

La maternidad y el encuentro con la propia sombra

En la psicología de orientación junguiana, la sombra representa aquellos aspectos de nosotros mismos que no reconocemos fácilmente o que hemos dejado fuera de la imagen consciente que tenemos de nuestra identidad. No se trata necesariamente de algo negativo. También pueden permanecer en la sombra necesidades, capacidades, deseos y emociones que, por distintas razones, no encontraron espacio para expresarse.

La maternidad puede movilizar algunas de esas dimensiones poco reconocidas. Una mujer que siempre se consideró paciente puede descubrir una irritabilidad que le resulta desconocida. Otra, acostumbrada a desenvolverse con autonomía, puede sentirse desbordada por la dependencia constante de su bebé. Algunas experimentan una ternura que no imaginaban; otras se sorprenden ante la dificultad para disfrutar de determinados momentos que habían idealizado.

Nada de esto convierte a una mujer en mejor o peor madre. Nos recuerda que la maternidad no es únicamente una función que aprendemos a desempeñar, sino también una experiencia que puede modificar profundamente nuestra percepción de nosotras mismas.

En ese proceso, la propia historia familiar adquiere a veces una relevancia inesperada. Podemos descubrir que repetimos expresiones que escuchábamos en nuestra infancia, que reaccionamos con especial intensidad ante determinadas necesidades o que intentamos ofrecer a nuestros hijos precisamente aquello que sentimos que nos faltó.

También puede suceder que nos esforcemos tanto por no repetir lo vivido que terminemos organizando la crianza alrededor de esa preocupación. En lugar de responder únicamente al niño que tenemos delante, respondemos, en parte, a los recuerdos y significados que nuestra propia experiencia ha dejado en nosotros.

De ahí el interés que tiene aprender a distinguir entre ambas historias: la del hijo que está creciendo y la del adulto que lo acompaña.

No para buscar continuamente conflictos ocultos ni para atribuir a cada dificultad un origen remoto, sino para reconocer cuándo una emoción del presente parece adquirir una intensidad que merece ser comprendida con mayor profundidad.

Lo que recibimos y lo que aprendemos a ofrecer

Durante los primeros años de vida aprendemos muchas cosas antes de disponer de palabras para explicarlas. Reconocemos voces, gestos, ritmos y formas de contacto. Nos familiarizamos con las respuestas de quienes nos cuidan y comenzamos a construir expectativas sobre la disponibilidad de los demás.

Esas experiencias tempranas pueden influir en nuestra manera de relacionarnos, aunque no determinan de forma irreversible quiénes seremos ni cómo cuidaremos a nuestros propios hijos. A lo largo de la vida seguimos desarrollando recursos afectivos, aprendiendo nuevas formas de vincularnos y transformando experiencias anteriores.

En consulta me ha interesado especialmente observar cómo algunas personas disponen de grandes recursos para cuidar desde la responsabilidad, la organización o la palabra, pero encuentran más dificultades para expresar afecto desde la espontaneidad y la ternura.

Pueden ser madres y padres profundamente comprometidos, capaces de anticipar necesidades, resolver problemas y mantener largas conversaciones con sus hijos. Sin embargo, en determinadas circunstancias descubren que la cercanía emocional no siempre fluye con la misma facilidad que las explicaciones o los consejos.

Es una diferencia que merece atención. Hablar del afecto no es exactamente lo mismo que poder expresarlo. Podemos explicar a un niño cuánto lo queremos y, al mismo tiempo, necesitar aprender otras maneras de hacérselo sentir. La escucha, el contacto respetuoso, el juego compartido, la disponibilidad emocional y la capacidad para disfrutar de su presencia también forman parte del lenguaje de los vínculos.

Por supuesto, la ternura no tiene una única expresión. Hay niños que buscan mucho contacto físico y otros que necesitan mayor distancia. Hay familias especialmente expresivas y otras más reservadas. Lo importante no es ajustarse a un modelo ideal de demostración afectiva, sino desarrollar sensibilidad para reconocer cómo necesita cada persona recibir y compartir el cariño.

A veces, revisar nuestra propia historia nos ayuda a descubrir por qué determinadas formas de cercanía nos resultan naturales y otras requieren un aprendizaje más consciente.

Y ese descubrimiento puede producirse mucho después de que nuestros hijos hayan dejado atrás la primera infancia.

La etapa oral: del alimento al encuentro

En algunas tradiciones psicológicas, especialmente en el psicoanálisis, se utiliza la expresión etapa oral para referirse a un periodo temprano del desarrollo en el que la boca, la alimentación y las experiencias asociadas al contacto adquieren un protagonismo especial.

Aunque este marco no permite explicar por sí solo el desarrollo posterior de una persona, encuentro sugerente la relación que establece entre alimento y experiencia afectiva. Durante los primeros meses, comer no es una actividad completamente separada del encuentro con quienes nos cuidan. El bebé necesita alimento, pero también una presencia que responda a sus señales y le ayude progresivamente a regularse.

A medida que crece, la relación con la alimentación cambia. Aparecen nuevos sabores, texturas y capacidades. El niño comienza a participar de otra manera en las comidas familiares y desarrolla una autonomía creciente. La introducción de alimentos complementarios, alrededor de los seis meses según las recomendaciones sanitarias habituales, no implica que la lactancia deba terminar entonces. El destete puede producirse de manera gradual en momentos diferentes, de acuerdo con las necesidades y circunstancias de cada familia.

Me parece importante subrayarlo porque, durante años, la lactancia y el destete han estado rodeados de expectativas que pueden convertirse en una fuente de presión para las madres. Algunas desean amamantar y encuentran dificultades. Otras deciden no hacerlo. Algunas prolongan la lactancia durante años y otras la interrumpen antes de lo previsto.

Ninguna de estas situaciones permite deducir, por sí sola, cómo será el vínculo afectivo ni qué dificultades tendrá un niño en el futuro.

Lo que sí podemos observar es cómo se vive cada transición. Qué necesita el bebé, cómo se encuentra la madre, qué apoyos tiene la familia y de qué manera se acompaña el paso hacia nuevas formas de alimentación y autonomía.

Porque crecer implica transformar progresivamente nuestras maneras de recibir cuidado. Y acompañar ese crecimiento exige que los adultos también aprendamos a modificar la forma de ofrecerlo.

Resolver el pasado no significa corregirlo

Cuando hablo de resolver el pasado, no me refiero a borrar lo sucedido ni a encontrar una explicación definitiva para cada dificultad presente. El pasado no puede modificarse, pero sí podemos transformar la relación que mantenemos con nuestras experiencias.

Hay recuerdos que durante años apenas ocupan espacio en nuestra conciencia y que adquieren un significado diferente cuando atravesamos una nueva etapa vital. Convertirse en madre, acompañar la adolescencia de un hijo o descubrir que nuestra relación con él necesita cambiar puede llevarnos a revisar acontecimientos que creíamos suficientemente comprendidos.

En ocasiones, esa revisión permite reconocer emociones que no habíamos podido expresar, necesidades que quedaron desatendidas o expectativas que continuábamos sosteniendo sin advertirlo. Otras veces nos ayuda a descubrir que estábamos interpretando una situación presente desde una experiencia anterior que ya no responde a nuestra realidad.

Desde el Método Cronos® entendemos estos procesos como oportunidades para actualizar nuestros recursos personales. No se trata de permanecer indefinidamente mirando hacia atrás, sino de reconocer aquello que todavía influye en nuestra manera de responder al presente y encontrar formas más adecuadas de relacionarnos con lo que hoy estamos viviendo.

La introspección puede ser una herramienta valiosa para ello, especialmente cuando se acompaña de una observación honesta de nuestra conducta y de las necesidades reales de quienes nos rodean. Pero no es necesario buscar siempre una herida antigua. Algunas dificultades se comprenden mejor atendiendo a las circunstancias actuales, a los cambios familiares o a las necesidades específicas de cada etapa.

Resolver, en este sentido, no significa alcanzar una perfección emocional. Significa comprender lo suficiente como para dejar de responder automáticamente de la misma manera cuando esa respuesta ya no nos ayuda.

Y afianzar el presente significa poder encontrarnos con nuestros hijos tal como son hoy, sin exigirles que representen un papel dentro de nuestra historia.

La ternura también se aprende

Hay algo que me parece especialmente hermoso de los vínculos humanos: su capacidad para transformarse.

A veces imaginamos que el afecto debería surgir siempre de manera espontánea, como si amar a alguien garantizara saber expresarlo en cualquier circunstancia. Pero la experiencia nos muestra que no es tan sencillo. Podemos querer profundamente a nuestros hijos y necesitar aprender a escucharlos mejor. Podemos sentir una enorme responsabilidad por su bienestar y descubrir que nos cuesta disfrutar de su compañía sin intentar dirigir lo que hacen. Podemos ser muy capaces de explicar, orientar y aconsejar, y advertir que la relación necesita menos palabras y más presencia.

En ocasiones, el aprendizaje consiste precisamente en dejar de intervenir tanto. En compartir un momento sin convertirlo en una enseñanza, permitir que aparezca el silencio o descubrir que una mirada de reconocimiento puede comunicar más que una larga explicación.

La ternura no es una técnica ni una obligación. Tampoco debería convertirse en otra exigencia dentro de la crianza. Es una posibilidad de encuentro que puede cultivarse cuando prestamos atención a nuestra manera de estar con los demás y aprendemos a reconocer sus necesidades sin perder de vista las nuestras.

Y no pertenece exclusivamente a los primeros años de vida. Un adolescente también necesita sentirse reconocido y querido, aunque sus formas de buscar cercanía sean distintas de las de un bebé. Un hijo adulto puede descubrir nuevas maneras de relacionarse con sus padres. Y los propios padres pueden continuar aprendiendo a expresar afecto mucho después de haber terminado la crianza cotidiana.

Por eso considero que la maternidad y la paternidad no son experiencias que se resuelvan de una vez para siempre. Son relaciones vivas que atraviesan etapas, requieren ajustes y nos ofrecen oportunidades continuas de crecimiento.

De hijas a madres: afianzar el presente

Comenzamos esta serie preguntándonos qué sucede con las necesidades de los niños y qué lugar ocupan los adultos en su desarrollo. A lo largo de las distintas entregas hemos hablado de los vínculos familiares, de la decisión de tener hijos, del aprendizaje, de la autonomía y de la importancia de revisar nuestros recursos conforme avanzamos por las etapas de la vida.

Me gustaría terminar regresando al principio, a ese primer tiempo en el que una nueva vida necesita ser alimentada, sostenida y acompañada. No porque todo lo que seremos quede decidido entonces, sino porque allí comienza una relación que continuará transformándose durante muchos años.

La maternidad puede ofrecernos una oportunidad singular para revisar nuestra propia historia. Mientras aprendemos a cuidar de nuestros hijos, podemos reconocer qué formas de afecto recibimos, cuáles aprendimos a expresar y cuáles necesitamos desarrollar de una manera más consciente.

No se trata de convertir a las madres en responsables de todo lo que les sucede a sus hijos. Tampoco de exigirles que hayan resuelto completamente su pasado antes de comenzar a criar. Se trata de reconocer que los adultos también estamos en desarrollo y que nuestra capacidad para acompañar puede crecer con nosotros.

A veces ese crecimiento comienza con una pregunta. Otras, con una emoción que no esperábamos encontrar. Y, en ocasiones, con el descubrimiento de que llevábamos mucho tiempo intentando resolver mediante palabras algo que necesitaba otra forma de presencia.

Nutrir a un hijo es mucho más que alimentarlo. Es ofrecerle condiciones para crecer, descubrir sus capacidades y abrirse progresivamente al mundo. Y también es aprender a reconocer cuándo necesita nuestra cercanía y cuándo necesita que confiemos en su autonomía.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de la crianza: no podemos recorrer la vida por nuestros hijos, pero sí podemos seguir aprendiendo a acompañarlos mientras encuentran su propio camino.

Y para hacerlo, a veces necesitamos volver la mirada hacia nuestra historia, no para quedarnos en ella, sino para habitar el presente con mayor libertad.

 

 

 


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