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Silla de madera junto a una ventana en un espacio sereno, símbolo del espacio propio dentro de las relaciones.

¿Duele o molesta? Cuando el tiempo y el espacio pierden su medida

Contenido del post

Vivir en relación significa estar expuestos continuamente a lo que sucede alrededor. Pero no todo lo que nos afecta nos pertenece de la misma manera.

Aprender a distinguirlo puede cambiar nuestra forma de comprender el malestar, los límites y nuestro lugar dentro de las relaciones.

No todo lo que nos afecta está en nuestra área

En el artículo anterior, Nosotros. La única realidad, hablábamos de una idea fundamental del Método Cronos: no empezamos siendo individuos aislados.

Nacemos dentro de un NOSOTROS.

La familia constituye nuestro primer espacio de relación y, dentro de ella, vamos configurando las referencias desde las que más adelante interpretaremos nuestra vida.

Pero vivir dentro de un nosotros plantea una dificultad.

¿Cómo sabemos qué nos corresponde y qué pertenece al otro?

¿Cómo distinguimos un problema propio de algo que está sucediendo muy cerca de nosotros pero que no está realmente en nuestra área?

En Cronos utilizamos desde hace años una distinción sencilla:

cuando algo duele, es asunto nuestro.

Cuando algo molesta —o provoca rabia— está cerca, pero no necesariamente pertenece a nuestra área.

La diferencia parece evidente cuando se formula así.

En la vida cotidiana no lo es tanto.

Hay cosas que duelen y cosas que molestan

El dolor nos implica.

Cuando algo duele de verdad, no basta con apartarlo o responsabilizar al otro. Hay algo que necesita nuestra atención.

Hay que actuar.

Y si no sabemos o no podemos hacerlo, tendremos que pedir ayuda.

La molestia tiene otra cualidad.

Algo entra en nuestro campo, altera nuestro equilibrio, ocupa nuestra atención o provoca una reacción, pero el origen no necesariamente está en nosotros.

En ese caso, antes de intervenir conviene averiguar de dónde procede.

A veces será necesario tomar distancia.

Otras veces habrá que poner un límite.

Porque si permitimos que aquello que solamente estaba cerca permanezca entrando una y otra vez en nuestro espacio, puede terminar convirtiéndose en dolor.

Esta diferencia entre doler y molestar no se aprende únicamente de manera intelectual.

Hay que experimentarla.

Hay que observar cómo responde el cuerpo, qué ocurre en las relaciones y qué cambia cuando dejamos de hacernos cargo de aquello que no nos corresponde.

Desde la mirada Cronos, esta distinción nos lleva a observar dos dimensiones que están presentes en todas nuestras relaciones:

el tiempo y el espacio.

Cuando falta tiempo: la experiencia de la desconexión

Durante la infancia necesitamos tiempo.

Pero no hablamos únicamente de horas.

Un niño necesita la presencia de alguien que lo mire, lo escuche, lo toque, le hable y pueda reconocer lo que necesita en cada momento.

Necesita una presencia suficientemente estable como para ir construyendo su propia experiencia de seguridad.

En el texto original de Cronos nos preguntábamos:

¿Cuándo no prestamos el tiempo necesario a un bebé o a un niño?

Cuando damos por supuesto que crecerá por sí solo.

Cuando estamos físicamente presentes pero emocionalmente ausentes.

Cuando no miramos, no hablamos o no tocamos de una manera cálida y personalizada.

El tiempo de la infancia no es solamente el tiempo que transcurre.

Es el tiempo que alguien comparte con nosotros.

Por eso su ausencia puede dejar una experiencia de desconexión que no siempre sabemos reconocer mientras somos pequeños.

Hay tiempos que pasan, pero no terminan

Crecer cronológicamente no significa que todas las experiencias anteriores hayan quedado integradas.

Hay situaciones que pertenecen al pasado y, sin embargo, continúan emocionalmente activas.

En el Método Cronos hemos utilizado una expresión para describir estos momentos:

viajes en el tiempo.

No significa regresar literalmente al pasado.

Significa que una situación presente puede devolvernos emocionalmente a una experiencia anterior.

Una sensación de abandono.

Una tristeza que parece desproporcionada.

La necesidad intensa de que alguien nos preste atención.

Una reacción que, vista desde el presente, cuesta comprender.

A veces lo que está reaccionando no pertenece únicamente al momento actual.

Hay algo de otro tiempo que vuelve a hacerse presente.

En la infancia asimilamos nuestra herencia emocional y las primeras referencias familiares y socioculturales con las que empezaremos a vivir.

Ese tiempo constituye una parte imprescindible de nuestra formación.

Pero después necesita ser actualizado.

No para borrar lo vivido.

Para dejar de responder en el presente como si todavía estuviéramos allí.

Los viajes en el tiempo

En el texto original hablábamos de estos viajes como regresiones emocionales que pueden aparecer especialmente cuando estamos atravesando cambios o a punto de superar una etapa.

Hay momentos de la vida adulta en los que disminuye nuestra capacidad habitual para mirar hacia fuera.

Necesitamos retirarnos.

Estamos más silenciosos.

Tenemos menos disponibilidad para los demás.

Algo parece llevar nuestra atención hacia dentro.

No todo repliegue significa que algo vaya mal.

A veces necesitamos recuperar una parte de nuestra propia historia para poder continuar.

El problema aparece cuando no comprendemos lo que está sucediendo y exigimos a la persona —o nos exigimos a nosotros mismos— responder desde el presente con la misma disponibilidad de siempre.

Hay tiempos interiores que necesitan ser reconocidos.

Y hay algo especialmente importante en esta mirada:

recuperar el tiempo no significa quedarse a vivir en el pasado.

Significa poder traer al presente algo que quedó allí.

Cuando el problema no es la falta, sino el exceso

Pero existe también el movimiento contrario.

No siempre sufrimos porque alguien estuvo demasiado lejos.

A veces el problema fue que estuvo demasiado cerca.

Si el tiempo habla de presencia y ausencia, el espacio introduce otra cuestión:

¿hasta dónde puede entrar el otro en nuestra vida?

Aquí aparece la segunda dimensión de este artículo.

Los problemas con el espacio.

Cuando el espacio se siente invadido

En el texto original escribíamos:

«El efecto contrario a la soledad es el sentirse invadido, permanentemente, en tu propio espacio».

Hay una diferencia importante entre estar acompañado y sentirse invadido.

También entre prestar atención y controlar.

Una persona puede crecer rodeada de cuidados y, sin embargo, no disponer del espacio suficiente para desarrollar algunas de sus propias capacidades.

Esto también comienza durante la infancia.

Un niño necesita presencia.

Pero necesita igualmente momentos en los que pueda probar, explorar, equivocarse, aburrirse, jugar, resolver y descubrir por sí mismo.

Cuando el adulto está permanentemente pendiente de él, anticipando sus necesidades, decidiendo, corrigiendo o interviniendo, algo que empezó siendo atención puede convertirse progresivamente en invasión.

La diferencia no siempre está en lo que hacemos.

Está en la medida.

Presencia no significa ocupación

Esta distinción es especialmente delicada para una madre.

Cuidar exige estar pendiente.

Un bebé necesita una disponibilidad enorme y durante los primeros años la dependencia del adulto es real.

Pero el desarrollo va modificando esa relación.

Lo que un bebé necesita que hagamos por él, un niño irá necesitando hacerlo progresivamente por sí mismo.

Y ahí el adulto también tiene que cambiar.

A veces resulta más difícil retirarse un poco que intervenir.

Porque intervenir tranquiliza.

Permite comprobar que todo está bien, evitar errores, anticiparse al problema.

Y, sin darnos cuenta, podemos terminar ocupando el espacio que el niño necesita precisamente para crecer.

En el texto original preguntábamos también:

¿Cuándo invadimos el espacio de un bebé o un niño?

Cuando la preocupación por su bienestar se vuelve permanente.

Cuando dirigimos constantemente su comportamiento sin detenernos a comprender qué está ocurriendo.

Cuando hablamos, preguntamos o intervenimos en exceso.

Y, especialmente, cuando no dispone de un espacio físico o mental donde resolver por sí mismo porque siempre estamos presentes en su vida.

No se trata de abandonar al niño a sus dificultades.

Se trata de algo mucho más sutil:

estar disponibles sin ocupar todo el espacio.

Lo que aprendimos en la infancia entra después en nuestras relaciones

La medida entre tiempo y espacio no desaparece cuando termina la infancia.

La llevamos con nosotros.

Puede aparecer en la pareja cuando necesitamos continuamente saber qué piensa o siente el otro.

En la familia cuando seguimos interviniendo en decisiones que ya no nos corresponden.

Con los hijos cuando confundimos acompañar con resolver.

O en nosotros mismos, cuando sentimos una enorme incomodidad ante la distancia del otro o, por el contrario, vivimos cualquier cercanía como una invasión.

Aquello que aprendimos como normal dentro de nuestro primer nosotros tiende a convertirse en referencia para los siguientes.

Por eso algunas personas reclaman presencia cuando el otro necesita espacio.

Y otras se retiran precisamente cuando alguien necesita cercanía.

No necesariamente porque no quieran.

A veces simplemente están reproduciendo la medida que aprendieron.

Entre estar demasiado lejos y estar demasiado cerca

Quizá muchas dificultades relacionales puedan observarse desde esta tensión.

Hay una distancia en la que el vínculo se debilita.

Y hay una proximidad en la que el otro deja de tener espacio.

Entre ambas existe una medida que no es fija.

Cambia con la edad.

Cambia con las circunstancias.

Cambia según la relación.

Un niño pequeño necesita una presencia que resultaría invasiva para un adolescente.

Una pareja necesita una cercanía diferente a la que necesitamos de nuestros padres.

Y una madre también necesita ir modificando su lugar a medida que sus hijos crecen.

El equilibrio no consiste, por tanto, en encontrar una distancia perfecta y mantenerla para siempre.

Consiste en poder percibir cuándo acercarse y cuándo retirarse.

¿Duele o molesta?

Volvamos entonces al principio.

Cuando algo duele, necesitamos mirar nuestra área.

Cuando algo molesta, quizá necesitemos observar qué está ocurriendo alrededor de ella.

¿Falta presencia?

¿Sobra presencia?

¿Estamos reclamando al presente algo que pertenece a otro tiempo?

¿Está alguien entrando en un espacio que necesitamos recuperar?

¿O somos nosotros quienes estamos ocupando el espacio del otro?

No siempre tendremos una respuesta inmediata.

Tampoco hace falta.

La primera diferencia consiste simplemente en dejar de interpretar todos los malestares de la misma manera.

Porque no es lo mismo necesitar que alguien se acerque que necesitar que alguien se retire.

No es lo mismo sentirse abandonado que sentirse invadido.

Y no es lo mismo acompañar que ocupar.

La medida del vínculo

En Nosotros. La única realidad veíamos que individualizarse no significa dejar de pertenecer.

Ahora podemos añadir algo más.

Pertenecer tampoco significa estar permanentemente disponibles unos para otros ni ocupar el mismo espacio emocional.

Todo vínculo necesita tiempo.

Y todo vínculo necesita espacio.

Necesitamos presencia para sentir que pertenecemos y separación suficiente para poder desarrollarnos.

Esto resulta especialmente visible dentro de una familia.

A medida que un niño crece, el lugar del adulto también tiene que transformarse.

Ya no se trata de estar más pendiente.

A veces se trata precisamente de poder estar menos encima y más presente.

Y quizá ahí aparezca una de las medidas más difíciles del cuidado: saber acompañar sin invadir y retirarse sin abandonar.

Cuando el adulto recupera esa medida interior, deja de reaccionar únicamente desde sus propios miedos, necesidades o historias anteriores.

Puede observar mejor qué necesita el otro.

Y puede reconocer también qué necesita él.

Entonces los límites dejan de ser solamente barreras.

Se convierten en la forma que permite que cada persona ocupe su lugar sin desaparecer del vínculo.

Quizá por eso, cuando cada miembro de una familia empieza a recuperar su tiempo y su espacio, el nosotros no se debilita.

Empieza a ordenarse.


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