Antes de aprender a decir «yo», ya pertenecíamos a un nosotros. Quizá por eso comprender quiénes somos exige, en algún momento, mirar también de dónde venimos.
Acerca del yo y del nosotros
Gran parte del tiempo de un proceso de crecimiento personal se invierte en recuperar las claves de inicio generadas durante la infancia.
Estas claves determinan lo que pensamos de nosotros mismos, de los demás y de la vida en general.
El concepto del YO, como individuo singular, se genera durante la infancia, mientras continúa el proceso de crecimiento y formación iniciado en el útero.
Durante ese tiempo vamos incorporando sensaciones, sentimientos, ideas, intenciones, actos y propósitos que proceden del ambiente en el que estamos creciendo.
Todavía no tenemos suficiente experiencia para observar ese mundo desde fuera. Lo vivimos desde dentro.
Nuestra evolución está ligada a las relaciones que se producen entre nuestra madre y nuestro padre; entre nuestra madre y nuestros hermanos; y entre nuestra madre y su propia vida: su familia, sus amistades, su profesión, sus preocupaciones, su manera de estar consigo misma.
Todo ello forma parte del escenario en el que empezamos a reconocernos.
Nuestra identidad va sumando y restando valores hasta completar ese primer proceso de formación.
Pero hay algo importante que observar: en ningún momento hemos sido o estado realmente solos.
Ni para elegir.
Ni para sentir.
Ni para pensar.
Siempre hemos estado en relación.
La familia es nuestro primer lugar en el mundo
Siempre has sido y estado en función del grupo en el que naciste y al que perteneces por derecho propio.
La familia no es únicamente el lugar donde crecemos. Es también el primer sistema de referencias desde el que aprendemos a interpretar la realidad.
Dentro de ella descubrimos qué significa ser hijo, hija, hermano, madre o padre. Aprendemos lo que se espera de nosotros, lo que podemos expresar y lo que conviene callar. Incorporamos formas de querer, de preocuparnos, de protegernos y también de defendernos.
Mucho antes de tener criterio propio, ya estamos aprendiendo a vivir.
Por eso algunas de las decisiones que años después consideramos completamente personales tienen raíces mucho más antiguas.
No significa que estemos condenados a repetirlas.
Significa que para elegir de verdad necesitamos reconocer primero desde dónde estamos eligiendo.
La conciencia del nosotros
Es tu conciencia del NOSOTROS la que te empuja a crecer y desarrollarte.
Esta es una de las ideas centrales del Método Cronos.
El nosotros no es simplemente la suma de varias personas. Es el entramado de relaciones al que pertenecemos y dentro del cual nuestra propia vida adquiere una posición.
Tus problemas afectan a quienes viven contigo.
Tus decisiones modifican relaciones.
Tus logros también producen movimientos a tu alrededor.
Lo mismo sucede en sentido contrario: lo que ocurre dentro de una familia no termina exactamente en la persona que lo vive.
Hay miedos, expectativas, maneras de relacionarse y conflictos que atraviesan generaciones y que cada miembro expresa de una manera diferente.
A veces aquello que aparece con especial intensidad en la vida de una persona señala algo que dentro del grupo anterior no pudo ser resuelto.
No se trata de cargar con los problemas de la familia.
Se trata de reconocer qué parte de esa historia está actuando todavía en nosotros y qué nos corresponde hacer con ella.
Porque pertenecer a un sistema no elimina nuestra responsabilidad individual.
La sitúa.
Crecer también significa superar el contexto de origen
La realidad que nos rodea es determinante a la hora de elegir.
El contexto del que partimos condiciona una parte importante de nuestra existencia y, mientras no seamos capaces de observarlo, muchas de nuestras decisiones continuarán ligadas a él.
Por eso hay una pregunta del texto original que merece permanecer:
Si no fuiste libre durante la infancia y la juventud, ¿quién te dice que has sido libre a la hora de elegir pareja?
No es una pregunta contra la pareja.
Es una pregunta sobre la libertad.
Elegimos desde lo que conocemos. Desde aquello que nos resulta familiar, incluso cuando conscientemente creemos estar alejándonos de ello.
A veces buscamos precisamente lo contrario de lo que vivimos y, sin embargo, seguimos organizando nuestra vida alrededor de la misma referencia.
Superar el contexto familiar no significa rechazarlo.
Significa poder verlo.
Reconocer qué nos pertenece, qué hemos heredado y qué necesita transformarse para que nuestra vida no sea únicamente una prolongación de aquello que recibimos.
Cuando aparece un nuevo nosotros
En el texto original de Cronos hay una afirmación importante: la pareja estable marca un momento de individualización.
Puede parecer paradójico.
¿Cómo puede una relación con otra persona ayudarnos a individualizarnos?
Porque individualizarse no significa aislarse.
La pareja adulta puede representar la salida del sistema familiar de origen y la construcción de una nueva unidad de relación.
Dejamos de ser únicamente hijos dentro de una familia para empezar a construir una vida con alguien que procede de otra historia, de otro sistema y de otras referencias.
No es una ruptura.
Es un desplazamiento.
El eje empieza a cambiar.
Y ese movimiento nos obliga, de una manera u otra, a revisar lo aprendido.
¿Qué llevamos de nuestra familia a la pareja?
¿Qué esperamos del otro porque fue lo que conocimos?
¿Qué rechazamos precisamente porque también lo conocimos?
¿Qué parte de nuestra manera de amar pertenece realmente al presente y cuál sigue respondiendo a relaciones anteriores?
La vida adulta empieza a pedirnos algo diferente: construir un nosotros sin desaparecer dentro de él.
Individualizarse no es romper
Esta diferencia es importante.
Hay personas que intentan encontrar su identidad alejándose de todo aquello a lo que pertenecieron.
Otras permanecen tan ligadas a su sistema de origen que cualquier movimiento propio se vive interiormente como una deslealtad.
Pero crecer no exige ninguna de las dos cosas.
La verdadera separación no necesita producirse contra nadie.
Puede producirse a favor de una vida nueva.
Podemos reconocer a nuestros padres sin seguir viviendo desde sus miedos.
Podemos querer a nuestra familia sin consultar interiormente cada decisión con ella.
Podemos pertenecer sin permanecer sujetos.
La individualización adulta empieza precisamente cuando podemos ocupar nuestro lugar sin necesitar destruir el lugar del que procedemos.
Volar juntos, pero no amarrados
Hay una antigua leyenda que utilizaba en el texto original para explicar esta idea.
Una joven pareja acudió a un anciano buscando una forma de garantizar que permanecerían siempre juntos.
El anciano les pidió que capturaran dos grandes aves.
Cuando regresaron con ellas, les indicó que las ataran una a otra por las patas y después las soltaran para que volaran.
Las aves lo intentaron.
Pero unidas de aquella manera apenas podían levantarse del suelo. Después de varios intentos comenzaron a agredirse entre ellas.
Entonces el anciano les mostró lo que necesitaban comprender:
si querían volar juntas, no podían hacerlo amarradas.
La imagen es sencilla, pero contiene una diferencia fundamental.
Vínculo no es dependencia.
Estar unidos no significa ocupar el mismo espacio, pensar de la misma manera o impedir que el otro se mueva.
Esto sirve para la pareja, pero también para las relaciones familiares.
Un vínculo puede acompañar el crecimiento.
Una atadura lo impide.
Del nosotros heredado al nosotros elegido
Quizá por eso la vida adulta no consiste en abandonar el nosotros para conquistar finalmente un yo.
El movimiento es más complejo.
Nacemos dentro de un nosotros que no hemos elegido.
Dentro de él se configura nuestra primera identidad y aprendemos las referencias con las que empezaremos a movernos por el mundo.
Después llega el momento de observarlas.
Algunas permanecerán.
Otras tendrán que transformarse.
Y algunas dejarán de tener sentido.
Poco a poco, el nosotros heredado puede dar paso a otros nosotros: la pareja, la familia que construimos, las relaciones que elegimos, los proyectos que compartimos.
Pero hay algo que no cambia.
Seguimos viviendo en relación.
Quizá la verdadera individualización no consista entonces en dejar de necesitar al otro, sino en aprender a ocupar nuestro lugar cuando estamos con él.
Y ahí aparece una cuestión nueva.
Porque si vivimos dentro de relaciones, necesitamos aprender a distinguir dónde termina nuestra responsabilidad y dónde empieza la del otro.
No todo lo que ocurre a nuestro alrededor nos pertenece.
Pero tampoco todo lo que nos afecta viene de fuera.
¿Cómo distinguirlo?
En Cronos utilizamos desde hace años una diferencia aparentemente sencilla para empezar a observarlo:
hay cosas que duelen y hay cosas que molestan.
No significan lo mismo.
Y esa diferencia nos lleva a dos dimensiones esenciales de las relaciones humanas: el tiempo y el espacio.
Ahí comienza la segunda parte.
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