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El otoño como tiempo de cosecha interior

Ecoeficiencia personal: aprender a vivir con los propios recursos

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La ecoeficiencia personal puede entenderse como la capacidad de utilizar nuestros recursos físicos, emocionales y mentales sin vivir permanentemente a expensas de lo que ocurre fuera de nosotros. Madurar no significa dejar de necesitar a los demás, sino aprender a relacionarnos sin pedirles que sostengan continuamente nuestro equilibrio interior.

Hay etapas de la vida dedicadas a crecer. Otras, quizá, empiezan cuando aprendemos a utilizar con conciencia aquello que hemos ido construyendo.

El otoño de la vida no empieza con la edad

Estamos a las puertas del otoño y vuelvo a pensar en esa asociación antigua entre las estaciones y las diferentes etapas de la vida: invierno, primavera, verano, otoño; nacimiento, crecimiento, madurez y recogimiento. Solemos mirar el otoño como el comienzo de una pérdida. Los días se acortan, la luz disminuye y la naturaleza empieza a desprenderse de aquello que ya ha cumplido su función. Pero el otoño también es otra cosa. Es cosecha.

Una cosecha no aparece de repente. Depende de lo que se sembró, de lo que pudo crecer y también de la manera en que fueron utilizados los recursos durante las estaciones anteriores. Quizá con la madurez ocurra algo parecido. No llegamos a ella simplemente porque hayan pasado los años. Llegamos con una determinada manera de utilizar nuestra atención, nuestro cuerpo, nuestros vínculos y nuestra energía cotidiana.

Hace años empecé a utilizar la expresión ecoeficiencia personal para observar precisamente esto: de dónde obtenemos los recursos que necesitamos para mantener nuestro equilibrio. Durante la infancia dependemos profundamente del exterior. Necesitamos que alguien nos alimente, nos proteja, nos tranquilice y nos ayude a comprender lo que sucede. Necesitamos también miradas, palabras y presencia. Es natural. Crecer consiste, en parte, en ir incorporando esos recursos hasta poder realizar interiormente algunas de las funciones que antes necesitábamos recibir de otros.

Poco a poco desarrollamos criterio. Aprendemos a reconocer lo que sentimos, podemos observar nuestros pensamientos sin reaccionar inmediatamente a ellos y empezamos a distinguir entre aquello que realmente necesitamos y aquello que buscamos fuera para aliviar momentáneamente un malestar interior. Desde la mirada Cronos, ese proceso forma parte de la construcción de la identidad adulta.

Ecoeficiencia personal: de la regulación exterior a la interior

Hay días en los que necesitamos que todo alrededor esté en determinadas condiciones para sentirnos bien: silencio, temperatura, orden, atención, reconocimiento. Otros días basta una palabra para cambiar completamente nuestro estado de ánimo. Una crítica puede acompañarnos durante horas; una conversación puede dejarnos alterados; una mirada puede hacernos sentir reconocidos o, por el contrario, profundamente inseguros.

Nada de esto resulta extraño. Somos seres relacionales y el ambiente nos afecta. La cuestión aparece cuando nuestro equilibrio depende de manera constante de que el exterior se comporte como necesitamos. Entonces empezamos a gastar una enorme cantidad de energía intentando ordenar el mundo para poder estar bien nosotros. Personas, conversaciones, espacios e incluso pequeños acontecimientos cotidianos adquieren un peso que quizá no les corresponde.

La ecoeficiencia personal comienza cuando una parte de esa regulación puede realizarse dentro. No significa aislamiento ni autosuficiencia. Significa disponer de recursos propios para que cada cambio del entorno no obligue a reorganizar todo nuestro mundo emocional, y saber también cuándo necesitamos el apoyo de otra persona.

En las primeras formulaciones del Método Cronos distinguíamos entre emociones, sentimientos y pensamientos como diferentes formas de relacionarnos con nuestra experiencia. Esa distinción sigue siendo interesante si no la utilizamos para establecer jerarquías rígidas, sino para observar lo que sucede en nosotros. Podemos atender a lo que sentimos, tratar de comprenderlo y encontrar palabras y criterio para decidir cómo responder.

Madurar emocionalmente no consiste, por tanto, en dejar de emocionarse. Consiste en no quedar completamente gobernados por aquello que sentimos en un momento determinado. Podemos sentir miedo sin organizar toda nuestra vida alrededor del miedo. Podemos sentir enfado sin convertirlo inmediatamente en una acción. Podemos necesitar a alguien sin hacer responsable a esa persona de todo nuestro equilibrio. Ahí aparece una diferencia importante entre sentir algo y quedar a merced de ello.

Cuando necesitamos demasiado del exterior

A veces esta dependencia resulta difícil de reconocer porque se ha incorporado a nuestra manera habitual de vivir. Necesitamos que alguien nos escuche para poder ordenar siempre lo que pensamos, aprobación para confirmar una decisión, determinadas condiciones para descansar, actividad constante para no encontrarnos con el silencio o controlar lo que sucede alrededor para sentir seguridad.

No se trata de juzgar estas necesidades. Muchas se construyeron en momentos en los que fueron necesarias y cumplieron una función. La cuestión es saber si siguen siendo necesarias hoy. La madurez nos invita a revisar los recursos que hemos ido acumulando: algunos siguen siendo útiles y otros pertenecen a una etapa anterior.

¿Sigue siendo necesario hoy aquello que un día nos ayudó a sostenernos?

Durante mucho tiempo me interesó especialmente el efecto que tiene la voz de otras personas sobre nosotros. Escuchar no es un acto neutro. Las palabras transmiten interpretaciones, estados de ánimo, temores, expectativas y maneras de mirar la realidad. Hay voces que serenan y otras que inquietan. Algunas consiguen que durante un rato veamos nuestra propia vida con los ojos de quien nos habla.

Por eso desarrollar criterio no significa dejar de escuchar. Significa poder escuchar sin desaparecer dentro de la mirada del otro. Algo parecido sucede con los libros, las conversaciones, las redes sociales o cualquier espacio en el que permanecemos expuestos de forma continuada a pensamientos ajenos. Cuando existe una identidad suficientemente asentada, podemos recibir una idea, observarla, contrastarla y decidir qué lugar ocupa en nuestra experiencia. No necesitamos rechazarla ni someternos a ella. Podemos relacionarnos con ella sin perder nuestra propia posición.

El cuerpo también administra recursos

La ecoeficiencia personal no pertenece únicamente al mundo psicológico. El cuerpo participa constantemente en esa administración. Dormir, alimentarnos, movernos, respirar, concentrarnos, relacionarnos y descansar forman parte de nuestra vida cotidiana. Una exposición continua a estímulos puede dificultar el descanso, del mismo modo que unos ritmos que no responden a nuestras necesidades pueden acompañarse de cansancio, irritabilidad o dificultad para detenernos.

Por eso, en Cronos, el cuerpo no se observa separado de la vida interior. Es uno de los lugares donde podemos percibir cómo estamos viviendo y qué recursos estamos utilizando. No necesitamos interpretar cada sensación ni convertir el cuerpo en un problema que vigilar. A veces conviene detenernos, escucharlo y reconocer qué estamos exigiendo de él.

Hay una idea de la madurez que me interesa especialmente. Durante determinadas etapas podemos vivir compensando. Compensamos el cansancio con estimulación, la inseguridad con reconocimiento, la soledad con actividad, el vacío con consumo o la inquietud con control. Durante un tiempo puede funcionar. El problema aparece cuando la compensación se convierte en nuestra manera habitual de sostener la vida, porque aquello que nos permite seguir funcionando no siempre nos permite vivir bien.

La madurez abre otra posibilidad: responder de una manera más ajustada, sin gastar todos nuestros recursos en cada acontecimiento. No reaccionar ante todo, no explicarlo todo, no controlarlo todo, no necesitar resolver inmediatamente cada incomodidad. Hay una economía interior que aparece cuando dejamos de luchar constantemente contra lo que sucede. Quizá eso también sea ecoeficiencia.

La madurez como presencia

Desde esta perspectiva, ser adulto no consiste en volverse frío, autosuficiente o distante. Una persona que cuenta con recursos propios y sabe apoyarse en los demás sin depositar en ellos toda la responsabilidad de su equilibrio puede estar más disponible para encontrarse realmente con ellos. Puede escuchar sin apropiarse, acompañar sin controlar, ayudar sin hacerse imprescindible y amar sin convertir el vínculo en una fuente permanente de confirmación personal.

Esto adquiere especial importancia dentro de la familia. Cuando un adulto está desbordado, puede buscar en la pareja una regulación que no encuentra en sí mismo. A veces, sin advertirlo, esa demanda llega también a los hijos. El estado interior de los adultos influye entonces en la manera en que la familia se relaciona y responde a lo cotidiano.

Esta cuestión conecta con algo que aparece una y otra vez cuando observamos el vínculo entre una madre y su hijo: su disponibilidad emocional importa. Cuando el cansancio, la preocupación o la inseguridad ocupan demasiado espacio, la corrección y el control pueden empezar a sustituir poco a poco a la presencia. No porque haya menos amor, sino porque quedan menos recursos interiores para percibir qué está ocurriendo entre ambos.

Por eso la ecoeficiencia personal no es exclusivamente individual. Nuestra manera de regularnos entra con nosotros en casa. Entra en la pareja, en la crianza, en las conversaciones y también en los silencios. Vivimos dentro de relaciones que se ven afectadas por nuestra manera de estar presentes, del mismo modo que nosotros nos vemos afectados por ellas.

El otoño y la cosecha

Quizá por eso me sigue gustando pensar en la madurez como otoño. No como decadencia, sino como cosecha. Llega un momento en que ya no se trata de acumular más experiencias, más explicaciones o más recursos. Se trata de descubrir qué hemos hecho con todo lo vivido, qué hemos integrado, qué seguimos necesitando de otros, qué podemos sostener ya desde dentro y qué podemos finalmente dejar caer.

Como hacen los árboles.

La verdadera eficiencia no consiste en necesitar poco ni en hacerse invulnerable. Consiste en reconocer los recursos de los que disponemos y permitir que cada uno ocupe su lugar. A veces necesitaremos recogernos; otras, dejarnos acompañar. Tal vez madurar sea poder distinguirlo sin exigirle continuamente al mundo que nos devuelva el equilibrio.

Cuando esa presencia y ese criterio empiezan a asentarse, también cambia nuestra manera de relacionarnos. Hay más espacio para encontrarnos con la pareja sin pedirle que complete todo lo que nos falta y para acompañar a los hijos sin convertirlos en responsables de nuestro estado. El otoño no anuncia necesariamente el final de algo. A veces llega para mostrarnos lo que, después de muchas estaciones, hemos aprendido a cultivar.


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