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Espejo redondo sobre una mesa de madera con un cuaderno y una taza junto a una ventana iluminada por luz natural, simbolizando la reflexión y la forma en que interpretamos la realidad.

Cuando creemos ver al otro y, en realidad, nos estamos viendo a nosotros mismos

Contenido del post

No siempre interpretamos la realidad tal como es. Muchas veces la observamos a través de nuestra historia, nuestras experiencias y aquello que todavía no hemos terminado de comprender de nosotros mismos.

«Es igual que su padre.»
«Siempre quiere llamar la atención.»
«No la soporto.»
«Es la persona más maravillosa que he conocido.»

Todos hemos pronunciado frases parecidas. Y casi siempre estamos convencidos de que describen a la otra persona.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que, además de hablar del otro, esas palabras también pueden estar hablando de nosotros.

Nuestra forma de mirar nunca es completamente neutra.

Cada experiencia pasa por el filtro de nuestra historia, de nuestra educación, de los vínculos que hemos construido y también de aquellos aspectos de nosotros mismos que todavía permanecen sin resolver.

Por eso dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y comprenderla de formas completamente distintas.

No porque una vea la realidad y la otra no.

Sino porque ambas la observan desde lugares diferentes.

Nunca vemos la realidad desnuda

Nos gusta pensar que vemos las cosas tal y como son.

Sin embargo, nuestro cerebro no funciona como una cámara fotográfica.

No registra únicamente lo que sucede delante de nosotros.

Interpreta.
Completa.
Relaciona.
Da significado.

Lo hace constantemente.

Cuando conocemos a alguien no solo observamos su comportamiento.

También lo comparamos, aunque no seamos conscientes, con todas las personas importantes que han formado parte de nuestra historia.

Con las experiencias agradables.

Con las dolorosas.

Con aquello que aprendimos sobre el amor, la autoridad, la confianza o el rechazo.

En realidad, nunca llegamos al otro completamente vacíos.

Siempre llevamos con nosotros una parte de nuestra propia historia.

La psicología conoce este fenómeno con el nombre de proyección.

Sin embargo, desde la mirada del Método Cronos, quizá merezca una comprensión más amplia.

Antes de ser un problema, la proyección fue una forma de aprender

Cuando escuchamos hablar de proyección solemos imaginar un mecanismo de defensa.

Y, efectivamente, en determinadas circunstancias puede llegar a convertirse en ello.

Pero antes de ser un problema fue una herramienta imprescindible para el desarrollo humano.

Un niño no nace sabiendo quién es.

Necesita descubrirse poco a poco.

Durante los primeros años de vida construye su identidad observando a quienes le rodean.

Aprende quién es a través de la mirada de su madre.

De las respuestas de su padre.

Del juego compartido.

De la forma en que los adultos interpretan sus emociones.

En cierto modo, primero necesita verse reflejado en los demás para empezar a reconocerse a sí mismo.

La proyección forma parte de ese proceso.

Es una manera natural de organizar la experiencia mientras la identidad todavía se está construyendo.

Solo con el paso del tiempo aprendemos algo fundamental.

Que existe un límite entre aquello que pertenece al otro y aquello que pertenece a nuestra propia historia.

Mientras ese límite todavía no está claro, es fácil atribuir fuera emociones, deseos o conflictos que en realidad también hablan de nosotros.

La proyección también nos protege

Aceptar determinadas partes de nosotros mismos no siempre resulta sencillo.

Hay emociones que preferimos no reconocer.

Miedos que intentamos ocultar.

Fragilidades que no encajan con la imagen que tenemos de nosotros.

En esos momentos la mente encuentra una solución que, al menos temporalmente, reduce el conflicto interior.

Coloca fuera aquello que todavía no puede integrar dentro.

No lo hace para engañarnos.

Lo hace para proteger una identidad que aún necesita tiempo para reorganizarse.

Por eso la proyección no debería entenderse únicamente como un error.

También es una forma de adaptación.

El problema aparece cuando seguimos interpretando toda la realidad desde ese mismo mecanismo incluso cuando ya podríamos comprendernos de una manera más amplia.

Entonces dejamos de encontrarnos realmente con las personas.

Empezamos a relacionarnos con la imagen que hemos construido de ellas.

No solo proyectamos aquello que rechazamos

Cuando pensamos en la proyección solemos imaginar emociones negativas.

La rabia.
La envidia.
La crítica.
El rechazo.

Sin embargo, proyectamos también aquello que admiramos.

Nos fascinan determinadas personas sin saber exactamente por qué.

Hay quien nos parece extraordinariamente inteligente.

O profundamente seguro.

O capaz de vivir con una serenidad que sentimos lejana.

En ocasiones creemos admirar únicamente al otro.

Pero quizá también estemos contemplando posibilidades que existen en nosotros y que todavía no hemos desarrollado.

La admiración puede convertirse en un espejo.

No porque queramos ser exactamente como esa persona.

Sino porque ella representa capacidades que todavía permanecen poco reconocidas dentro de nosotros.

Del mismo modo que rechazamos aquello que nos incomoda, también podemos idealizar aquello que sentimos que nos falta.

Ambas experiencias forman parte del mismo fenómeno.

Las relaciones también construyen nuestra identidad

A medida que crecemos dejamos de depender exclusivamente de nuestra familia para conocernos.

Los amigos, los profesores, las parejas y las personas con las que compartimos la vida amplían esa construcción de la identidad.

No elegimos nuestras relaciones únicamente por casualidad.

Con frecuencia encontramos en ellas aspectos que complementan aquello que todavía estamos desarrollando.

Hay amistades que nos ayudan a descubrir capacidades desconocidas.

Otras nos confrontan con límites que necesitábamos aprender.

Algunas aparecen en momentos muy concretos de la vida porque representan justamente el aprendizaje que necesitamos realizar.

No significa que todas las relaciones sean únicamente una proyección.

Sería simplificar demasiado la complejidad humana.

Pero comprender que también participamos activamente en la forma en que las vivimos nos permite mirarlas con mucha más profundidad.

Las personas dejan de ser únicamente quienes tenemos delante.

Empiezan también a convertirse en espejos que nos ayudan a comprender quiénes somos.

La pareja, los hijos y la familia también se convierten en espejos

La proyección no aparece únicamente cuando conocemos a alguien.

Está presente en todas nuestras relaciones importantes.

Y cuanto más significativo es el vínculo, mayor suele ser la intensidad con la que proyectamos.

La pareja es uno de los lugares donde la proyección se hace más visible.

Al comienzo de una relación solemos ver al otro a través de la ilusión.

Le atribuimos cualidades que quizá todavía no conocemos realmente.

Imaginamos un futuro.

Completamos los silencios.

Interpretamos pequeños gestos como si confirmaran aquello que deseamos encontrar.

Con el paso del tiempo esa imagen empieza a desvanecerse.

No porque la otra persona haya cambiado necesariamente.

Sino porque la proyección va perdiendo fuerza y comenzamos a encontrarnos con alguien más real.

Muchas decepciones no aparecen porque el amor desaparezca. Aparecen cuando la imagen que habíamos construido ya no consigue sostener la realidad del otro.

Lo mismo ocurre en la relación con los hijos.

Muchas madres viven determinados comportamientos infantiles con una intensidad que les resulta difícil comprender.

Hay niños que parecen especialmente desobedientes.

Otros excesivamente sensibles.

Otros demasiado dependientes o demasiado impulsivos.

Naturalmente, cada conducta necesita ser observada y acompañada.

Pero también merece la pena preguntarse algo más.

¿Por qué precisamente ese comportamiento despierta una reacción tan intensa en mí?

Quizá porque esa conducta conecta con aspectos de nuestra propia historia que todavía siguen abiertos.

Con experiencias que nunca pudieron expresarse.

Con emociones que aprendimos a ocultar.

O con exigencias que todavía seguimos imponiéndonos a nosotros mismos.

Esto no significa que el comportamiento del niño no exista.

Significa que nuestra forma de vivirlo también forma parte de la relación.

En las familias sucede algo parecido.

Con frecuencia aparecen etiquetas que terminan sustituyendo a la persona.

«Es la responsable.»
«Es el rebelde.»
«Es la sensible.»
«Es el fuerte.»

Con el paso de los años dejamos de mirar a quien tenemos delante.

Miramos la historia que hemos construido sobre él.

Y esa historia condiciona la manera en que seguimos relacionándonos.

También proyectamos sobre las historias

La proyección no ocurre únicamente entre personas.

También aparece en los libros que nos emocionan.

En las películas que somos capaces de ver una y otra vez.

En los personajes que admiramos.

En aquellos que rechazamos desde el primer momento.

No elegimos todas esas historias únicamente por entretenimiento.

Muchas veces encontramos en ellas algo profundamente familiar.

Nos reconocemos sin saber exactamente por qué.

Un personaje puede representar el valor que sentimos que nos falta.

Otro puede despertar una irritación desproporcionada porque refleja aspectos que todavía no hemos aceptado de nosotros mismos.

Incluso los relatos que repetimos sobre nuestra propia vida pueden convertirse en una forma de proyección.

Porque toda historia es, en parte, una forma de organizar quién creemos ser.

La presencia cambia nuestra manera de mirar

La proyección no desaparece por completo.

Probablemente nunca lo haga.

Forma parte de la manera en que construimos significado.

El objetivo no consiste en dejar de proyectar.

Consiste en aprender a reconocer cuándo nuestra historia está ocupando demasiado espacio.

La presencia hace posible ese cambio.

No porque elimine nuestros filtros.

Sino porque introduce una pausa entre lo que ocurre y la interpretación que hacemos de ello.

Esa pausa nos permite formular una pregunta distinta.

No únicamente:

¿Qué está haciendo el otro?

Sino también:

¿Qué está despertando esto en mí?

Esa diferencia parece pequeña.

Sin embargo, transforma profundamente la calidad de nuestras relaciones.

Porque dejamos de buscar todas las respuestas fuera y empezamos también a observar nuestro propio mundo interior.

La presencia no nos vuelve más permisivos.

Nos vuelve más conscientes.

Y esa conciencia abre un espacio nuevo para comprender antes de reaccionar.

La identidad madura cambia nuestra manera de mirar

Durante la infancia necesitamos reflejarnos en los demás para descubrir quiénes somos.

Es un proceso natural.

Necesario.

Forma parte del desarrollo.

Pero crecer implica algo más.

Implica dejar de depender exclusivamente de esos reflejos.

Poco a poco aprendemos a reconocer nuestras emociones sin atribuirlas constantemente al exterior.

Aceptamos capacidades que antes admirábamos únicamente en otros.

Integramos aspectos que durante mucho tiempo habíamos rechazado.

La identidad madura no aparece cuando dejamos de cambiar.

Aparece cuando necesitamos proyectar cada vez menos para sostener quiénes somos.

Quizá por eso muchas personas sienten que, a medida que se conocen mejor, también empiezan a relacionarse de otra manera.

No porque los demás hayan cambiado.

Sino porque ellas ya no necesitan que el otro confirme continuamente aquello que todavía no han podido resolver dentro de sí mismas.

Ver al otro quizá sea uno de los aprendizajes más difíciles

Cuando somos niños necesitamos reflejarnos en los demás para descubrir quiénes somos.

Es un paso natural del desarrollo.

Pero crecer implica recorrer el camino contrario.

Aprender que no todo lo que vemos pertenece al otro.

Que algunas de nuestras admiraciones hablan de posibilidades todavía no desarrolladas.

Que ciertos rechazos señalan aspectos de nuestra propia historia que siguen esperando ser comprendidos.

Y que muchas de las certezas con las que juzgamos a quienes nos rodean nacen, en realidad, de la forma en que hemos aprendido a mirar.

La proyección no desaparece por completo.

Forma parte de nuestra manera de construir significado.

Lo que cambia es nuestra capacidad para reconocerla.

Quizá la presencia no consista en mirar una realidad completamente objetiva.

Quizá consista en recordar, una y otra vez, que entre el mundo y nuestra mirada siempre existe una historia.

Y cuando esa historia deja de ocupar todo el espacio, ocurre algo silencioso.

Por primera vez empezamos a encontrarnos con las personas tal como son, y no únicamente como las necesitábamos para sostener la historia que contábamos sobre nosotros mismos.


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