Hay personas que han construido una vida entera y, sin embargo, en algún momento descubren que no terminan de sentirse dentro de ella.
Trabajan, forman una pareja, tienen hijos, cuidan, deciden, organizan.
Desde fuera, su vida está llena.
Por dentro puede aparecer una sensación mucho más difícil de explicar: estar viviendo una realidad que no termina de sentirse propia.
En la entrada anterior hablábamos de la depresión como un viaje interior y de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse porque algo de nuestra historia continúa reclamando atención.
Aquí quiero detenerme en otra imagen que utilizamos desde hace años en el Método Cronos.
La imagen de darse a luz a una misma.
No como explicación médica de la depresión ni como sustitución de la atención profesional que pueda necesitar una persona, sino como una manera de comprender determinadas crisis de identidad que aparecen cuando la vida adulta que hemos construido deja de coincidir con la persona que sentimos que somos.
Especial Depresión · Lectura completa
Este artículo forma parte de una serie de cuatro textos sobre tiempo interior, identidad, cuerpo y ritmos.
Vivir sin luz: cuando la vida adulta no termina de sentirse propia
Hay una diferencia entre crecer y ocupar interiormente la propia vida.
Podemos asumir responsabilidades adultas mucho antes de haber comprendido quiénes somos dentro de ellas.
Esto ha ocurrido de manera especialmente visible en la historia de muchas mujeres.
Durante generaciones, convertirse en adulta significó en buena medida aprender a cumplir unas funciones: casarse, tener hijos, cuidar de la familia, sostener una casa y trabajar dentro o fuera de ella.
Había mucho que hacer.
No siempre había el mismo espacio para preguntarse quién era aquella mujer que hacía todo eso.
Muchas aprendieron a resistir.
A adaptarse.
A continuar incluso cuando estaban exhaustas.
Ese aprendizaje permitió sostener familias enteras, pero también pudo dejar una herencia silenciosa: la idea de que ser una buena mujer, una buena esposa o una buena madre consiste, en buena medida, en aguantar.
Y aguantar no es lo mismo que habitar la propia vida.
La herencia de las mujeres que aprendieron a sostener
Cuando hablamos en Cronos de herencia emocional femenina no estamos diciendo que una madre determine inevitablemente el destino psicológico de su hija.
Hablamos de algo más cotidiano.
Aprendemos a vivir observando.
Aprendemos qué significa cuidar, descansar, amar, enfadarse, pedir, renunciar o poner límites dentro de las relaciones en las que crecemos.
Una niña que observa durante años a las mujeres de su familia colocarse sistemáticamente al final puede incorporar esa forma de estar en el mundo mucho antes de poder pensar sobre ella.
Después crece.
Estudia.
Trabaja.
Forma una pareja.
Tiene hijos.
Y quizá se considera una mujer completamente diferente de su madre.
Hasta que un día se escucha diciendo las mismas frases.
O descubre que lleva años sosteniendo una vida en la que todos parecen tener un lugar claro excepto ella.
No es una repetición exacta.
Las generaciones cambian y las condiciones de vida también.
Pero algunas posiciones interiores pueden permanecer.
Esta es una de las razones por las que la maternidad puede convertirse en un momento especialmente revelador.
No porque ser madre conduzca a la depresión, sino porque cuidar de otro ser humano puede poner en primer plano nuestra propia relación con el cuidado, la dependencia, la responsabilidad y los límites.
La mujer que hasta entonces había podido sostenerse mediante el esfuerzo descubre que ahora hay alguien que la necesita incluso cuando ella ya no puede más.
Y entonces aparecen preguntas que llevaban mucho tiempo esperando.
¿Dónde estoy yo dentro de todo esto?
Cuando la igualdad tampoco resuelve la pregunta
La transformación de la vida de las mujeres ha permitido conquistar espacios que durante generaciones estuvieron cerrados.
Pero poder vivir de otra manera no significa necesariamente saber cómo queremos vivir.
A veces hemos intentado resolver una antigua desigualdad añadiendo posibilidades sin retirar responsabilidades.
Trabajamos.
Criamos.
Cuidamos.
Organizamos.
Intentamos mantener la pareja.
Atendemos a nuestros padres cuando envejecen.
Y además sentimos que deberíamos hacerlo todo con autonomía, serenidad y satisfacción.
La antigua mujer que debía sacrificarse y la mujer contemporánea que debe poder con todo parecen muy diferentes.
Pero pueden compartir una misma dificultad:
ninguna tiene demasiado espacio para reconocer sus propios límites.
Aquí es donde una conciencia de género verdaderamente positiva puede resultar útil.
No para enfrentar lo femenino y lo masculino ni para decidir quién soporta más.
Sino para comprender qué hemos heredado cada uno acerca de lo que significa ser mujer, ser hombre, cuidar, proveer, necesitar al otro o formar una familia.
Porque muchas diferencias que apenas se perciben al comienzo de una relación se vuelven visibles cuando llegan los hijos.
La pareja deja de ser únicamente el encuentro entre dos adultos.
También aparecen las historias familiares de ambos.
La manera en que cada uno fue cuidado.
Lo que vio hacer a su madre.
Lo que esperaba de su padre.
Lo que aprendió que correspondía a una mujer y lo que entendió que debía hacer un hombre.
La maternidad y la paternidad pueden despertar así posiciones mucho más antiguas de lo que imaginábamos.
Y algunas crisis de pareja comienzan precisamente ahí.
Toma de conciencia frente a evasión
Cuando una vida empieza a resultar difícil de sostener, buscamos alivio.
Y necesitamos hacerlo.
Descansar, leer, salir, hacer ejercicio, distraernos, conversar o encontrar espacios propios puede ayudarnos a recuperar regulación y perspectiva.
El problema no está en esas actividades.
Está en pedirles que resuelvan aquello que no pueden resolver.
Una persona puede llenar cada minuto de actividad y continuar sintiendo que algo no encaja.
Puede aprender técnicas para calmarse y seguir regresando al mismo conflicto.
Puede incluso mejorar temporalmente y descubrir meses después que la misma sensación aparece en otro escenario.
Por eso en Cronos diferenciamos entre aliviar un estado y comprender la realidad que lo rodea.
Ambas cosas pueden ser necesarias.
Pero no son lo mismo.
La atención sanitaria, la psicoterapia, la medicación cuando está indicada, el descanso y los cambios cotidianos pueden formar parte del cuidado de una persona con depresión.
La mirada Cronos añade otra pregunta:
¿Qué está ocurriendo en la vida que esa persona está intentando sostener?
No para buscar un culpable.
Para recuperar contexto.
Porque un síntoma nunca nos cuenta por sí solo la historia completa de una persona.
Cuando el fuego lleva demasiado tiempo encendido
Hay una imagen que puede ayudarnos a comprenderlo.
Un conflicto que permanece durante demasiado tiempo se parece a un fuego que nadie consigue apagar.
Al principio todavía intentamos resolverlo.
Discutimos.
Protestamos.
Pedimos.
Nos enfadamos.
Esperamos que algo cambie.
Pero mantener durante años un estado de tensión tiene un coste.
Puede llegar un momento en que ya no haya tanta rabia.
Ni siquiera tantas palabras.
Solo cansancio.
La persona que antes discutía deja de hacerlo.
La que intentaba cambiar las cosas deja de intentarlo.
La que imaginaba otro futuro empieza a tener dificultades para imaginar alguno.
No significa que toda depresión proceda de un conflicto familiar ni que el agotamiento emocional explique por sí solo una enfermedad depresiva.
Significa que nuestras relaciones y las condiciones en las que vivimos forman parte de nuestra realidad psicológica.
Y merecen ser observadas.
Esta cuestión adquiere especial importancia dentro de una familia.
Porque cuando una madre lleva demasiado tiempo agotada, su agotamiento no permanece aislado dentro de ella.
Puede cambiar su disponibilidad, su paciencia y su forma de estar presente en el vínculo con sus hijos.
No porque quiera menos.
Porque dispone de menos espacio interior.
Es algo que también hemos observado al hablar de lo que sucede cuando el vínculo madre-hijo se debilita: a veces el trabajo no empieza intentando corregir más al niño, sino ayudando al adulto a recuperar presencia y regulación.
Darse a luz
Tal vez aquí podamos volver a aquella imagen inicial.
Darse a luz a una misma no significa inventarse una nueva identidad.
Tampoco borrar a la madre que fuimos, abandonar las responsabilidades o comenzar otra vida.
Puede ser algo mucho menos espectacular.
Reconocer por primera vez desde qué lugar hemos estado viviendo.
Distinguir lo elegido de lo aprendido.
Comprender qué seguimos sosteniendo por amor y qué sostenemos únicamente porque nunca imaginamos que pudiera hacerse de otra manera.
Dejar de medir nuestra madurez por nuestra capacidad de aguante.
Una mujer puede haber dado a luz a sus hijos y descubrir muchos años después que todavía necesita realizar otro nacimiento, esta vez interior.
El nacimiento de una identidad que pueda contener a la madre, a la pareja, a la profesional, a la hija y a todas las demás dimensiones de su vida sin desaparecer detrás de ninguna de ellas.
Quizá por eso algunas crisis llegan precisamente cuando aparentemente todo debería estar ya construido.
Los hijos crecen.
La pareja cambia.
El cuerpo entra en otra etapa.
Los padres envejecen.
Aquello que durante años nos mantuvo ocupadas empieza a moverse y aparece una pregunta que ninguna agenda puede responder:
¿Quién soy yo dentro de la vida que he construido?
No todas las noches anuncian inmediatamente un amanecer.
Y una depresión no debería convertirse en una metáfora bonita que nos haga olvidar el sufrimiento real de quien la atraviesa.
Pero incluso en medio de ese sufrimiento sigue existiendo una persona cuya historia merece ser escuchada.
A veces comenzar a recuperar la propia vida significa precisamente eso.
Dejar de limitarse a sostenerla.
Y empezar, poco a poco, a ocuparla.
Pero la vida que una mujer sostiene no existe solamente en sus pensamientos, sus decisiones o sus vínculos. También hay un cuerpo que lleva años acompañando ese esfuerzo y unos ritmos que pueden haber quedado silenciosamente relegados.
Desde ahí continúa este recorrido en Cuando el Sol no sale: depresión, cuerpo y ritmos de vida.
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