Hay épocas en las que no solo disminuye nuestra energía. También parece desaparecer aquello que nos orientaba hacia el mundo.
Levantarse.
Comer.
Trabajar.
Descansar.
Dormir.
Volver a empezar.
Especial Depresión · Lectura completa
Este artículo forma parte de una serie de cuatro textos sobre tiempo interior, identidad, cuerpo y ritmos.
Gran parte de nuestra vida está organizada por ritmos que apenas percibimos mientras funcionan
El cuerpo sabe cuándo tiene sueño. El hambre aparece. La luz nos despierta. La oscuridad prepara el descanso. Alternamos actividad y recuperación, encuentro y retirada.
Hasta que algo cambia.
Dormimos, pero no descansamos.
Comemos sin demasiada hambre o buscamos determinados alimentos sin saber exactamente qué necesitamos.
Llegamos agotados a la noche y, sin embargo, nos cuesta detenernos.
El fin de semana parece convertirse en el único momento en el que realmente podemos vivir.
Y poco a poco dejamos de saber si estamos cansados porque hacemos demasiado o hacemos demasiado porque ya no sabemos cómo parar.
Desde la mirada del Método Cronos, esta pérdida de ritmo merece ser observada.
No porque explique por sí sola una depresión.
Sino porque el cuerpo también forma parte de la historia que estamos viviendo.
Depresión y arquetipo paterno: cuando el Sol no sale
Hay una imagen antigua dentro del lenguaje simbólico del Método Cronos que relaciona lo paterno con el Sol.
El Sol representa aquí aquello que permite salir hacia el mundo: dirección, acción, reconocimiento, límite, propósito.
No estamos hablando necesariamente del padre biológico ni afirmando que un conflicto paterno sea la causa de una depresión.
Hablamos de una función simbólica.
De nuestra capacidad para ocupar un lugar fuera, relacionarnos con la realidad, hacer algo propio y reconocer el valor de lo que aportamos.
Hay personas que pasan gran parte de su vida buscando esa confirmación en el exterior.
Necesitan saber si lo están haciendo bien.
Se comparan.
Trabajan más.
Intentan demostrar.
Permanecen muy pendientes de la mirada de los demás.
Y cuanto más difícil resulta encontrar dentro una referencia propia, mayor puede ser la necesidad de buscarla fuera.
El problema es que el mundo nunca termina de confirmar suficientemente quiénes somos.
Siempre habrá alguien que avance más.
Alguien que consiga aquello que nosotros todavía no hemos conseguido.
Una nueva meta.
Otra expectativa.
Otro reconocimiento que parecía definitivo hasta que deja de serlo.
Vivir durante demasiado tiempo de esa manera puede resultar profundamente agotador.
Buscar fuera la luz que falta dentro
En la entrada anterior hablábamos de mujeres que han aprendido a sostener una vida llena de responsabilidades y que, en algún momento, descubren que no saben exactamente dónde han quedado ellas.
Aquí aparece el movimiento complementario.
Cuando no tenemos una referencia interior suficientemente estable, podemos intentar construirla a través de nuestra relación con el exterior.
El trabajo.
Los logros.
La aprobación.
La pareja.
La actividad.
Incluso la búsqueda espiritual puede convertirse, algunas veces, en otro lugar donde esperamos encontrar una respuesta definitiva sobre nosotros mismos.
Nada de esto es problemático en sí mismo.
Trabajar, crecer, aprender, buscar sentido o necesitar reconocimiento forman parte de la experiencia humana.
La cuestión aparece cuando nuestra sensación de valor depende casi completamente de ello.
Entonces descansar resulta difícil.
Detenerse puede sentirse como perder el tiempo.
Una semana complicada se soporta pensando en el fin de semana.
Un año agotador, esperando las vacaciones.
Una etapa entera, confiando en que la siguiente será aquella en la que finalmente podremos vivir de otra manera.
Y así podemos pasar mucho tiempo esperando que salga el Sol.
El cuerpo también necesita tiempo
Hay algo que la vida contemporánea nos permite olvidar con facilidad: tenemos cuerpo.
Podemos encender una pantalla cuando ya es de noche.
Comer a cualquier hora.
Trabajar cuando estamos cansados.
Viajar atravesando husos horarios.
Mantener actividad durante gran parte del día.
Pero que podamos hacerlo no significa que nuestro organismo haya dejado de organizarse mediante ritmos.
Los seres humanos tenemos relojes biológicos que ayudan a sincronizar numerosos procesos fisiológicos con los ciclos de luz y oscuridad del entorno.
El sueño y la vigilia forman parte de esa organización.
También existen variaciones cotidianas en el apetito, la temperatura corporal, la actividad hormonal y otros procesos del organismo.
Desde Cronos, esta realidad biológica nos interesa además por una razón más amplia.
Nos recuerda que vivir no consiste únicamente en decidir mentalmente qué queremos hacer.
También necesitamos reconocer los límites y necesidades del organismo desde el que vivimos.
Una persona puede tener una agenda perfectamente organizada y un cuerpo completamente agotado.
Y cuando esa distancia se mantiene durante demasiado tiempo, algo empieza a reclamar atención.
No necesariamente mediante una enfermedad concreta ni mediante un síntoma que podamos interpretar de forma automática.
El cuerpo no funciona como un diccionario en el que cada dolencia corresponda a un conflicto emocional determinado.
Pero sueño, alimentación, movimiento, descanso, exposición a la luz, estrés y estado emocional forman parte de una misma vida.
Separarlos completamente tampoco nos ayuda a comprendernos.
Cuando dejamos de escuchar las señales sencillas
El hambre es un buen ejemplo.
Parece una sensación elemental.
Sin embargo, muchas personas adultas apenas saben cuándo tienen realmente hambre.
Comen porque es la hora.
Porque están nerviosas.
Porque están cansadas.
Porque necesitan una pausa.
Porque hay algo disponible.
O dejan de comer porque están demasiado ocupadas para percibirlo.
Algo parecido sucede con el sueño.
Podemos estar agotados y continuar frente a una pantalla.
Sentir necesidad de silencio y llenar cualquier espacio con estímulos.
Necesitar movimiento y pasar prácticamente todo el día sentados.
El problema no es hacerlo alguna vez.
La vida real no puede organizarse alrededor de una escucha perfecta del cuerpo.
La cuestión es qué ocurre cuando dejamos de percibir durante años estas señales elementales.
En las bases del Método Cronos aparece repetidamente una idea: la salud cotidiana requiere recuperar cierta relación con los ritmos naturales de actividad y descanso, alimentación y escucha corporal.
No como una búsqueda de pureza.
Como una forma de presencia.
Porque escuchar el cuerpo también significa reconocer que no podemos exigirnos indefinidamente el mismo rendimiento con independencia de cómo estamos viviendo.
El tiempo personal y el tiempo del mundo
Cronos utiliza dos expresiones que pueden ayudarnos a observar esta tensión: tiempo personal y tiempo grupal.
Existe el ritmo que necesitamos y existe también el ritmo de la realidad en la que vivimos.
El horario laboral.
El colegio de los hijos.
Las comidas familiares.
Los compromisos.
La pareja.
La sociedad.
No podemos vivir atendiendo exclusivamente a nuestro tiempo individual.
Pero tampoco podemos ignorarlo por completo para adaptarnos siempre al tiempo de los demás.
La dificultad está precisamente en esa negociación.
Muchas madres conocen bien esta experiencia.
Un niño se despierta aunque la madre no haya descansado.
Hay que llegar al colegio aunque la noche haya sido difícil.
El trabajo comienza a una hora determinada independientemente de nuestro nivel de energía.
La familia necesita estructura.
Durante determinadas etapas, el adulto necesariamente adapta una parte importante de su ritmo a las necesidades del sistema familiar.
Pero si esa adaptación se convierte durante años en una desaparición completa del propio ritmo, el agotamiento termina modificando también nuestra forma de estar con los demás.
No solo estamos cansados.
Estamos menos disponibles.
Más reactivos.
Tenemos menos espacio interior.
El cuerpo, la identidad y los vínculos vuelven entonces a encontrarse en el mismo punto.
Recuperar el ritmo no significa retirarse del mundo
A veces imaginamos que escucharnos implica reducir obligaciones, alejarnos de todo aquello que nos exige o construir una vida completamente distinta.
No necesariamente.
El equilibrio no consiste en conseguir que el mundo se adapte siempre a nuestro ritmo.
Tampoco en obligarnos continuamente a adaptarnos al suyo.
Consiste en recuperar suficiente presencia para percibir cuándo necesitamos actuar y cuándo necesitamos detenernos.
Cuándo el cansancio requiere descanso.
Cuándo el malestar necesita ser hablado.
Cuándo una dificultad pertenece al cuerpo y necesita valoración sanitaria.
Y cuándo detrás de nuestra actividad constante existe una pregunta que llevamos demasiado tiempo evitando.
La depresión es una condición compleja y puede requerir atención médica y psicológica. Ninguna lectura simbólica del cuerpo ni ningún cambio de hábitos sustituye esa valoración.
Pero cuidar una depresión también significa cuidar a la persona que la atraviesa.
Y esa persona tiene horarios, relaciones, responsabilidades, un cuerpo y una determinada manera de estar en el mundo.
Desde el Método Cronos nos interesa mirar ese conjunto.
Porque quizá estar «en hora» no consista en vivir perfectamente sincronizados con algún reloj ideal.
Quizá signifique algo mucho más humano:
poder reconocer cuándo nos estamos alejando demasiado de nosotros mismos.
El Sol seguirá saliendo cada mañana independientemente de cómo nos sintamos.
La cuestión es si toda nuestra vida depende de buscar fuera esa luz o si, poco a poco, podemos construir también una referencia interior desde la que salir al mundo.
Cuando recuperamos algo de esa referencia, cambia nuestra relación con el trabajo, con el descanso y con nuestro propio cuerpo.
Y cambia también nuestra presencia en la familia.
No porque hayamos conseguido controlar todos nuestros ritmos.
Sino porque volvemos a estar dentro de ellos.
Escuchar el propio ritmo no consiste solamente en comprender cómo salimos cada día hacia el mundo. También implica reconocer el movimiento contrario: cómo nos retiramos de él, cómo descansamos y qué lugar permitimos que tenga la noche.
Ese es el último movimiento de este recorrido: Melatonina, luz y oscuridad: el cuerpo también necesita una noche.
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