Despierto. Me levanto y voy al baño todavía con los ojos casi cerrados. Abro el grifo y disfruto durante unos segundos del agua tibia entre las manos. Después voy a la cocina, pongo el agua a calentar en el hervidor eléctrico y preparo una infusión. No ha ocurrido nada extraordinario. Apenas han pasado unos minutos desde que me levanté.
Sin embargo, durante mucho tiempo esta pequeña secuencia de cada mañana se convirtió para mí en un espacio de observación. Mientras mi cuerpo despertaba, mi mente empezaba también a hacerlo. Aparecían las primeras impresiones del día, algún pensamiento relacionado con el trabajo, algo que había quedado pendiente, una sensación corporal, una idea que de pronto encontraba su lugar. Poco a poco, casi sin intervenir, todo comenzaba a cobrar forma. A ese proceso empecé a llamarlo conciencia del despertar o memoria de inicio. Fue una de las primeras observaciones que, con los años, acabarían formando parte de lo que hoy denominamos Biorritmos Humanos dentro de Método Cronos®.
Memoria de inicio
Cada día comienza mucho antes de que entremos plenamente en nuestras obligaciones. Existe un pequeño periodo de transición entre el sueño y la actividad en el que el organismo, la atención y el pensamiento van poniéndose en marcha. Lo interesante para mí no era construir una rutina perfecta alrededor de ese momento, sino observarlo: qué aparece nada más despertar, cuál es mi primer gesto, dónde va mi atención, si entro inmediatamente en las demandas exteriores o qué pensamientos llegan antes incluso de que haya decidido conscientemente pensar en nada.
Empecé a descubrir que las primeras horas del día contenían información sobre cómo estaba viviendo. Algunas mañanas aparecía una claridad extraordinaria; otras, cansancio. Había días en los que una preocupación se presentaba antes incluso de levantarme y otros en los que una idea que llevaba tiempo intentando ordenar parecía encontrar espontáneamente su sitio. La mañana se convirtió así en algo más que el comienzo cronológico del día. Era también una apertura, y observar cómo abrimos algo puede enseñarnos mucho sobre la manera en que después lo vivimos.
El tiempo que necesitamos para empezar a vivir
Aquellas mañanas me llevaron también a pensar en algo más amplio. Abrir un grifo y disponer de agua, encender un hervidor, conservar alimentos, iluminar una habitación o calentar una casa son acciones tan incorporadas a nuestra vida cotidiana que apenas pensamos en ellas. Sin embargo, detrás de esos pocos minutos existe una enorme historia colectiva. Generaciones anteriores necesitaron invertir una cantidad de tiempo y esfuerzo mucho mayor en cubrir necesidades que hoy, en determinados lugares y circunstancias, podemos resolver rápidamente. Y todavía existen millones de personas cuya vida cotidiana exige dedicar una parte considerable de su tiempo y de su energía a garantizar agua, alimento, seguridad o refugio.
Comprender esta diferencia no establece ninguna jerarquía entre seres humanos. Tener las necesidades básicas cubiertas no nos hace más conscientes ni más evolucionados. Nos proporciona algo mucho más concreto y, precisamente por ello, extraordinariamente valioso: libera tiempo y energía que podemos emplear en otras dimensiones de nuestra existencia. La pregunta que empezó a interesarme fue qué hacemos con ellos.
Porque podemos disponer de agua corriente, tecnología, alimento, transporte y una vivienda confortable y, aun así, vivir permanentemente en estado de urgencia. Podemos haber reducido enormemente el esfuerzo necesario para realizar muchas tareas y llenar inmediatamente ese espacio con nuevas obligaciones, estímulos y preocupaciones. Podemos ahorrar tiempo sin llegar nunca a sentir que tenemos tiempo. Ahí comenzó a interesarme la relación entre energía, conciencia y vida cotidiana.
Sobrevivir no es lo mismo que vivir
En los primeros textos sobre biorritmos recurrí al modelo del llamado «cerebro triuno» para explicar diferentes formas de funcionamiento humano: supervivencia, emoción y razón. Hoy sabemos que el cerebro no está organizado en tres capas independientes que correspondan literalmente a un cerebro reptiliano, otro límbico y otro racional. Aquella imagen puede servir como metáfora histórica, pero no describe adecuadamente el funcionamiento cerebral.
La observación que había detrás, sin embargo, continúa siendo válida para mí: cuando una parte importante de nuestros recursos está ocupada en garantizar la supervivencia o gestionar una amenaza, queda menos disponibilidad para otras dimensiones de la experiencia. Y esto no depende únicamente de nuestras condiciones materiales. Una persona puede tener sus necesidades básicas cubiertas y vivir psicológicamente instalada en la urgencia: anticipando constantemente problemas, intentando controlarlo todo, incapaz de descansar o sintiendo que, si deja de hacer algo durante unas horas, todo puede desmoronarse.
Sobrevivir es imprescindible, pero vivir exige algo más: poder salir, al menos durante algunos momentos, de la respuesta inmediata para observar qué estamos haciendo con nuestra vida.
Tomar conciencia del propio ritmo
La toma de conciencia de los biorritmos nació precisamente de ahí: de observar cómo utilizamos nuestra energía y cómo nos relacionamos con el tiempo que vivimos. No pretende establecer un ritmo correcto para todas las personas ni convertir el calendario en una nueva forma de control. La práctica comienza mucho más cerca: en el despertar, en la forma en que atravesamos el día, en cómo iniciamos una semana, en cómo la cerramos y en los cambios que vamos percibiendo a lo largo del año.
Cuando no observamos nuestros ritmos, es muy fácil que sean otros quienes los organicen por nosotros. El horario laboral, las demandas familiares, el calendario escolar, las notificaciones, las necesidades ajenas, las convenciones sociales o simplemente la costumbre pueden acabar decidiendo cuándo nos activamos, cuándo descansamos y a qué prestamos atención. Tomar conciencia no significa retirarnos de todo eso, sino recuperar cierto margen de decisión dentro de la vida que realmente tenemos.
De ahí una de las ideas fundamentales de los Biorritmos Humanos: cuanto mejor reconocemos nuestro propio funcionamiento, menos necesitamos vivir únicamente reaccionando a lo que llega desde fuera.
Tres ritmos para observar una misma vida
Con el tiempo, aquellas primeras observaciones fueron organizándose alrededor de tres escalas temporales: el biorritmo solar o diario, el biorritmo lunar o semanal y el biorritmo cósmico, universal o anual. Los nombres solar y lunar pertenecen al lenguaje simbólico con el que desarrollé inicialmente el modelo. No significan que el Sol o la Luna determinen nuestra personalidad o nuestro comportamiento, sino que nombran diferentes escalas desde las que observar una misma vida.
El biorritmo diario nos acerca a la unidad más inmediata de experiencia: despertar, activarnos, desarrollar nuestra actividad y cerrar el día. Nos ayuda a observar cómo utilizamos nuestra energía y cómo entramos y salimos de la actividad cotidiana. El biorritmo semanal amplía el campo e introduce la repetición, la organización del trabajo y el descanso, los vínculos, las obligaciones compartidas y muchas de las costumbres que hemos aprendido dentro de nuestra familia y nuestro entorno. Observar la semana permite reconocer patrones que un solo día no muestra. El biorritmo anual o cósmico amplía todavía más la perspectiva y nos sitúa dentro del ciclo estacional, permitiéndonos observar procesos que necesitan meses para hacerse visibles: momentos de expansión, recogimiento, inicio, maduración o cierre.
No son tres vidas diferentes. Son tres distancias desde las que mirar la misma.
Quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy
Durante años resumí estas tres escalas con una formulación que todavía me resulta útil. El biorritmo diario nos ayuda a observar quién soy, no como una definición fija de identidad, sino a través de algo mucho más concreto: cómo vivo cuando nadie está elaborando una teoría sobre mí; cómo despierto, cómo trabajo, cómo descanso, qué hago con mi energía y cómo termino mis días.
El biorritmo semanal nos ayuda a reconocer de dónde vengo. Muchas de nuestras costumbres relacionadas con el trabajo, el descanso, la responsabilidad, la comida, la familia o el tiempo compartido no comenzaron en nosotros. Las aprendimos. Observarlas permite reconocer cuáles queremos conservar y cuáles necesitan transformarse.
Y el biorritmo anual amplía la pregunta hacia dónde voy. Cuando dejamos de mirar únicamente el día inmediato podemos percibir procesos más largos, comprender mejor la etapa que atravesamos y preguntarnos si la dirección que estamos tomando continúa teniendo sentido. Quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy son, finalmente, tres preguntas pertenecientes a una misma vida.
De la observación a la integración
Este fue el comienzo. Primero observé el día. Después comprendí que el día estaba contenido dentro de una semana y que la semana, a su vez, formaba parte de ciclos mayores. A partir de ahí surgieron nuevas preguntas: por qué algunas personas viven mucho más pendientes de su mundo interior y otras de la acción exterior; qué representan simbólicamente lo lunar y lo solar; qué ocurre cuando una de esas formas de relacionarnos con la vida domina sobre la otra; y qué significa integrar los distintos ritmos en lugar de quedar atrapados en uno de ellos.
Esas preguntas dieron lugar a los siguientes desarrollos de los Biorritmos Humanos. Pero todo empezó mucho más cerca: una mañana cualquiera, el cuerpo despertando, el agua tibia entre las manos, una infusión y unos minutos de silencio suficientes para empezar a observar cómo estaba entrando en mi propia vida cada día.
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