Cuando empecé a observar los biorritmos comprendí que no bastaba con prestar atención al paso del tiempo. Había que observar también qué hacemos nosotros dentro de ese tiempo. Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo actuamos; qué ocurre cuando empieza un día y qué arrastramos al terminarlo; qué cambia cuando ampliamos la mirada y dejamos de observar únicamente veinticuatro horas para contemplar una semana completa.
La vida humana forma parte de la naturaleza y, como tal, transcurre dentro de ritmos. La alternancia entre actividad y descanso, sueño y vigilia, los ciclos relacionados con la alimentación, la reproducción y numerosos procesos fisiológicos muestran que nuestro organismo no funciona al margen del tiempo, sino organizado a través de ritmos biológicos. A partir de esa realidad observable, los Biorritmos Humanos de Método Cronos® amplían la mirada hacia otra dimensión: cómo vivimos conscientemente esos ritmos y cómo organizamos alrededor de ellos nuestra vida cotidiana, personal y relacional.
De aquellas primeras observaciones surgieron dos referencias que durante años he denominado biorritmo solar y biorritmo lunar. Los nombres pertenecen al lenguaje simbólico con el que fui construyendo inicialmente el modelo de Biorritmos Humanos de Método Cronos®. Hoy no los utilizaría para afirmar que el Sol o la Luna determinan nuestra conducta ni que emiten una frecuencia que configure nuestra personalidad. Me siguen resultando útiles, sin embargo, para nombrar dos escalas diferentes y complementarias de la experiencia: el día y la semana; lo individual y lo relacional; la dirección propia y la pertenencia.
Una vida necesita ambas.
Pensar, sentir y actuar
El ser humano tiene la capacidad de pensar, sentir y actuar. Parece una afirmación elemental, pero observar el orden y la relación entre esos tres movimientos se convirtió en una parte importante de nuestro trabajo.
Pensamos desde nuestra experiencia, nuestros conocimientos, nuestras expectativas y nuestra manera particular de interpretar lo que ocurre. Sentimos en relación con esa experiencia y con aquello que sucede dentro y fuera de nosotros. Y actuamos desde la combinación de ambos procesos. No siempre ocurre en ese orden ni de manera completamente consciente. A veces sentimos antes de poder pensar; otras actuamos automáticamente y comprendemos después qué nos estaba ocurriendo.
Precisamente por eso interesa observarlo.
Una misma situación puede provocar respuestas completamente distintas en dos personas porque ninguna llega a ella vacía. Llegamos con una historia, un cuerpo, unos aprendizajes, una forma de vincularnos y una interpretación del mundo. Aquello que pensamos influye en cómo percibimos lo que sucede, pero también nuestro estado corporal y emocional condiciona lo que somos capaces de pensar.
La práctica no consiste, por tanto, en conseguir que pensamiento, emoción y acción sigan siempre una secuencia perfecta. Consiste en empezar a reconocer cómo funciona esa secuencia en nosotros y cuánto de lo que hacemos responde a una elección presente o a una respuesta que hemos automatizado.
Cuando existe suficiente coherencia entre lo que percibimos, pensamos, sentimos y hacemos, necesitamos gastar menos energía sosteniendo contradicciones internas. Y cuando no existe, la propia incoherencia se convierte en información.
El biorritmo solar: un día, 24 horas
Llamamos biorritmo solar al ciclo diario, vinculado a la alternancia natural entre luz y oscuridad y al periodo aproximado de veinticuatro horas que organiza buena parte de nuestra fisiología y nuestra vida cotidiana. Aquí sí existe una base biológica conocida: nuestro organismo posee ritmos circadianos relacionados con el sueño y la vigilia, la temperatura corporal, la secreción hormonal y numerosos procesos fisiológicos.
Pero la práctica Cronos no pretende medir esos procesos biológicos. Lo que hacemos es utilizar el día como unidad de observación personal.
Cada mañana comenzamos de nuevo una pequeña secuencia. Despertamos, nos activamos, entramos progresivamente en contacto con el exterior y desplegamos nuestra actividad. Horas después realizamos el movimiento contrario: reducimos la actividad, nos retiramos y dormimos.
Por eso una de las preguntas fundamentales del biorritmo diario sigue siendo la misma que apareció en el primer texto de esta serie: ¿cómo conecto y cómo desconecto cada día de mi vida?
La llamada memoria de inicio forma parte de esta observación. No la entiendo hoy como una información predeterminada en el momento de la concepción ni como algo transmitido exclusivamente a través de la madre. La entiendo de una manera mucho más concreta: todos llegamos a la vida dentro de unas condiciones familiares, vinculares, culturales y materiales determinadas, y durante los primeros años aprendemos maneras de responder al mundo que posteriormente pueden convertirse en automáticas.
Sin embargo, nuestro inicio no tiene por qué convertirse en nuestro destino.
Observar cómo empezamos cada día ofrece una oportunidad extraordinariamente sencilla para reconocer cómo estamos viviendo ahora. Qué aparece nada más despertar, con qué disposición entramos en la actividad, qué lugar ocupan inmediatamente las obligaciones, cuánto tardamos en percibirnos y qué hacemos al final del día para abandonar progresivamente la actividad.
El biorritmo diario no nos dice quiénes somos de una vez para siempre. Nos permite observar quién estamos siendo en nuestra vida cotidiana.
Dormir, despertar y volver a empezar
En los textos originales situaba entre medianoche y las seis de la mañana un supuesto periodo específico de regulación del «cerebro reptiliano» y de carga de la memoria personal. Hoy no mantendría esa explicación. El sueño es un proceso biológico complejo organizado en ciclos y relacionado con múltiples funciones fisiológicas y cognitivas; no existe una franja universal en la que se «cargue» nuestra identidad.
Lo que sí conservaría de aquella intuición es la importancia que concedíamos a la noche como tiempo de desconexión.
Dormir no es simplemente dejar de producir. El descanso forma parte del funcionamiento humano y nuestra manera de llegar a él importa. Una persona que permanece activada hasta el último minuto, que se lleva todas las preocupaciones del día a la cama o que nunca establece una transición entre actividad y descanso puede reconocer ahí información relevante sobre su forma de vivir.
Por eso el biorritmo diario contempla los dos extremos. No observamos únicamente cómo empezamos. Observamos también cómo terminamos.
Cada cierre prepara, de alguna manera, una nueva apertura.
El biorritmo lunar: una semana, siete días
Cuando ampliamos la observación desde un día hasta una semana aparece algo diferente. Ya no vemos únicamente cómo funciona una persona durante unas horas; empiezan a hacerse visibles la repetición, las obligaciones, los vínculos, la organización laboral, el descanso y muchas de las costumbres aprendidas en nuestra familia y nuestro entorno.
A esta escala la denominamos históricamente biorritmo lunar o semanal.
La asociación entre la semana de siete días y la Luna tiene una larga historia cultural, pero conviene distinguirla de otra afirmación diferente: no existe base suficiente para sostener que las fases lunares regulen de manera general nuestras emociones o nuestro sistema nervioso autónomo. Por eso hoy utilizo «lunar» fundamentalmente como parte del lenguaje simbólico original de Método Cronos® y no como explicación causal de nuestro comportamiento.
Lo verdaderamente interesante para nuestra práctica está en la semana.
Día a día podemos reconocer nuestro funcionamiento individual. Semana a semana empezamos a descubrir cómo nos organizamos con los demás.
Aparecen el trabajo y el descanso, la pareja y la familia, las responsabilidades compartidas, la manera de repartir nuestro tiempo, la necesidad de pertenecer y también la necesidad de disponer de un espacio propio. Aparecen hábitos heredados que nunca hemos cuestionado porque «siempre se ha hecho así».
Por eso relacionamos el biorritmo semanal con la memoria familiar y de pertenencia. No porque la Luna almacene nuestra herencia ancestral, sino porque una parte importante de nuestros ritmos cotidianos se aprende dentro de una familia y una cultura.
Cómo vivimos el trabajo. Cómo descansamos. Qué significa para nosotros «aprovechar el tiempo». Qué ocurre los fines de semana. Cómo nos relacionamos con el ocio. Cuánto espacio concedemos a la familia. Qué sentimos cuando no hacemos nada.
Muchas de estas respuestas comenzaron antes de que pudiéramos elegirlas.
Sábado y domingo: cerrar y abrir
Dentro de la metodología Cronos prestamos especial atención al sábado y al domingo porque funcionan como referencias prácticas para observar el cierre y la apertura semanal. No todas las personas tienen actualmente una semana laboral de lunes a viernes, por supuesto, y en esos casos la práctica se adapta a su organización real. Lo importante no son los nombres de los días, sino identificar dónde comienza y dónde termina nuestro ciclo habitual de actividad.
El cierre permite observar cómo llegamos al final de la semana: qué hemos terminado, qué permanece abierto, cuánto cansancio acumulamos, qué asuntos seguimos llevando mentalmente con nosotros. La apertura permite mirar el movimiento contrario: cómo entramos en la siguiente semana y desde qué estado comenzamos.
De ahí surgió una de las formulaciones que seguimos utilizando en Método Cronos®: según se inicia, se cierra. No como una predicción, sino como una invitación a observar que la manera en que entramos en nuestros ciclos suele contener información sobre cómo los estamos habitando.
Y de ahí también otra frase de aquellos primeros años que conserva su sentido práctico: día a día se descansa; semana a semana se avanza. El día nos permite recuperar y reajustar. La semana hace visible el movimiento que estamos construyendo mediante la repetición.
Lo individual y lo relacional
Vistos así, los nombres solar y lunar adquieren para mí un sentido mucho más interesante que cualquier explicación determinista. El biorritmo solar o diario nos acerca a nuestra regulación cotidiana y a la forma en que ocupamos nuestra propia vida. El biorritmo lunar o semanal amplía la mirada hacia nuestros vínculos, hábitos compartidos, pertenencias y formas aprendidas de organizar el tiempo.
Uno nos ayuda a observar la dirección propia. El otro introduce inevitablemente a los demás.
Pero ninguno debería imponerse sobre el otro.
Una persona excesivamente volcada hacia su mundo individual puede perder contacto con la realidad relacional de la que forma parte. Y alguien que organiza toda su vida en función de las necesidades, expectativas o ritmos de los demás puede terminar sin reconocer cuál es el suyo.
Integrar no significa elegir entre autonomía y pertenencia.
Significa aprender a sostener ambas.
Solar y lunar: dos ritmos que necesitan encontrarse
Esta es, finalmente, la razón por la que seguimos hablando de biorritmo solar y biorritmo lunar dentro de Método Cronos®. No porque dividamos a las personas entre solares y lunares ni porque pensemos que los astros deciden nuestra vida. Conservamos esos nombres porque forman parte de la genealogía del método y porque siguen ofreciendo dos imágenes sencillas para observar dos dimensiones inseparables de la experiencia humana.
Cada día volvemos a nosotros. Cada semana comprobamos qué hacemos con nosotros cuando entramos en relación con el mundo.
El día permite observar cómo vivimos. La semana permite reconocer cómo construimos, mediante la repetición, una forma de vida.
Cuando ambos ritmos empiezan a hacerse conscientes aparece una pregunta mayor: qué ocurre cuando dejamos de observar únicamente el día o la semana y situamos nuestra experiencia dentro del ciclo completo del año.
Ahí comienza el siguiente movimiento de los Biorritmos Humanos: su integración.
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